Donantes de alma, por Gabriel Merino

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Dudo que exista el alma humana como dudo que exista el alma de un violín –y eso que hay violines muy buenos como los Stradivarius y mierdas de violines que chirrían como una carraca-. Creo en la bondad, en la ética, en la solidaridad, en la inteligencia, en el pensamiento, en el aprendizaje, en la sensibilidad. Como recurso poético, el alma –como las hadas, el infierno, los milagros, el tercer ojo, los poltergeist, los lepricanos, las bestias parlantes de las fábulas o los gremlins- es, sin duda, uno de los más hermosos que creo que han salido de la imaginación de la especie humana, ese animal que dios –dicen- creó a su imagen y semejanza.

 

Si dudo de su existencia, más dudo –estoy prácticamente convencido- de que se pueda alojar en alguno de los órganos perecederos y palpitantes de los que nos componemos en el corto espacio de tiempo al que llamamos vida. No creo que el alma esté en los cromosomas ni en el ADN ni en el esperma ni en el ovulo ni en el corazón ni en el cerebro ni en el hígado ni en los riñones. Contra las ideas de aquel cura que se negaba a dar la hostia a una niña minusválida hace bien poco, si tuviéramos alma me imagino que ésta dependería poco del CI, de la ideología, de la edad, del fervor o de la creencia. Aunque, de todas maneras, eso del alma parece que da un toque de distinción a quien cree que la tiene: ya se sabe aquello de que “los rojos no llevaban sombrero”. Con el alma parece que igual: quien no la tiene debe ser indefectiblemente malo.

 

Desde la barca de Anubis o la bajada de Orfeo a los infiernos hasta “Ghost”, “El sexto sentido”, “Los Otros” o  la serie “Ghost Whisperer” mucho nos han bombardeado con el concepto de almas, atormentadas o no, que andan por aquí en tránsito como quien ha perdido el enlace de aviones en un aeropuerto –imprescindible lectura del cuento “Acaso Irreparable”, de Mario Benedetti, por cierto-. No quiero imaginarme a mis muertos –los queridos e incluso nos no tan queridos- zascandileando ya no en cuerpo pero sí en alma por mi mundo mientras tecleo al ordenador, estoy sentado en la taza del water, hago sexo o tengo conversaciones telefónicas privadas. Vaya corte.

 

Mary Low: yo soy de los que cree que, de alguna manera, los muertos sí se quedan: pero no en los riñones ni en el alma ni llamando timbres o volcando azucareros sino en las acciones, producciones y descendientes que dejaron en vida.

 

Así que deja que se sigan haciendo transplantes. Sin problema.

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