Don Ignacio en su Semana Grande, por @German_Temprano

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Al César lo que es del César y a don Ignacio lo propio. Hay que admitir que ha dejado la Semana Grande del mismo Bilbao a la altura de un funeral. Le han sobrado hasta días para celebrar por todo lo alto la suya propia.

En sólo dos su colega Güemes le ha dejado con el orto oreado, es decir con el culo al aire, el Constitucional ha dado un bofetón al ‘recetazo’ catalán, aunque se entiende que no habrá hecho diferencial y pasará lo mismo en Madrid, se han conocido nuevos y jugosos datos sobre el caso de los espías, que le implica hasta las cejas, y, por si fuera poco, como traca final el juzgado reabre la investigación sobre su aticazo de lujo en Marbella. Por lo demás todo bien.

Cierto es que igual que se le reconoce este festival de luz y de color, jaleado convenientemente por los despedidos de Telemadrid (un abrazo compañeros) tampoco hay que olvidar el desparpajo del heredero de la hoy cazatalentos. Que, por cierto, ya es mala suerte que se vaya justo ahora a buscar cerebros preclaros con lo que nos ha dejado en la Puerta del Sol. Decía que Ignacio González, con apenas los parpadeos necesarios para ser tenido por un ser humano, ayer mismo, y en el corto plazo de cinco horas, defendía a capa y espada los trinques de Juanjo ‘Sunsilk’ Güemes y sin solución de continuidad calificaba de ‘razonable’ que dimitiera por ello. Un ‘porque yo lo valgo’ en toda la regla.

Con estos precedentes no sería de extrañar que argumente que lo de los espías eran tan solo unas prácticas de un curso CCC para futuros ‘jamesbones’ o que el pedazo de casoplón en la milla de oro es una vivienda social de las que subvencionaba Cachuli Muñoz. Capaz de eso y más le creo. Por supuesto que los alegatos en su defensa, aunque causen tanta hilaridad como el del abogado de Urdangarín, son totalmente legítimos. Otra cosa bien distinta es que lo sea llegar al poder como quien hereda un bungalow en Torrevieja.

En Madrid sabemos mucho de eso, pero también sabemos que la legalidad de la alcaldesa y el presidente, que nadie cuestiona, no tiene por qué compadecerse con esa legitimidad aludida. Baste recordar el énfasis que ponen los dos partidos mayoritarios en promocionar y ensalzar las cualidades de sus cabezas de cartel ¿Si son tan importantes entonces por qué es algo tan secundario luego? Seguro que González tiene una respuesta para ello. O dos aunque sean contradictorias.

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