Dívar ni dimite ni se explica, por Javier Astasio


Siempre he desconfiado de quienes han de "calzarse" un uniforme, a ser posible lleno de insignias, para hacer valer su autoridad. Es cierto. No me gustan los uniformes. Los tolero, en todo caso, cuando su fin es el de preservar durante el trabajo la vestimenta personal del que lo lleva y siempre que ese uniforme iguale a quienes lo llevan, algo que se agradece cuando uno acaba en un hospital, público, por supuesto, y le endosan un pijama que, con suerte es de su talla y está entero, porque no necesita ni debería saber de un sólo vistazo a qué clase social pertenece el compañero de habitación.

Decía que odio los uniformes cuyo fin es el de dar autoridad a quien quizá la necesita de tela porque de la otra, la moral, la que dan la prudencia y la sabiduría, de esa no tiene. Pero debo añadir que los que más odio son los que visten a quienes los llevan con ropas talares, decimonónicas, oscuras y solemnes. Y, entre ellos y en especial, claro, los curas y los jueces, dueños de la norma y la moral que, demasiado a menudo, esconden bajo sus faldas pecados inconfesables de cinismo y de soberbia.

Cinismo y soberbia. Estoy convencido de que eso esconden quienes, como los curas, renuncian a ser plenamente hombres, con sentimientos y pasiones, para situarse por encima de los hombres. También estoy convencido de que quienes, sacrificando lo mejor de su juventud, preparan las durísimas oposiciones para ganar una plaza de juez -la de dios hace tiempo que no sale- llegan a su destino sin las vivencias y la experiencia necesarias para decidir sobre vidas y haciendas y acaban escondiendo esas carencias bajo la solemnidad de una toga que, también, les aleja del resto de los mortales.

Tanta autoridad y tanta liturgia acaban por disfrazarles la realidad y haciéndoles creer que son distintos, que no se equivocan y, sobre todo, que nadie tiene derecho a decírselo.

Eso es lo que le ha ocurrido al presidente del Consejo General del Poder Judicial, el cada vez menos respetado y más bien tenido por pícaro y aprovechado Carlos Dívar, que carga sus larguísimos fines de semana al erario, sin el menor rubor, el más mínimo arrepentimiento y convencido de que es tan valioso e importante como para no dar cuentas a nadie de sus gastos.

Uno podía pensar que tan bochornoso comportamiento habría creado inquietud en quienes todos nos días nos dan lecciones de rectitud y justicia, pero no. Haber "pillado" a su "jefe" con el tarro de la mermelada, dedos y morro pegajosos, no les ha llevado a castigarle, ni tan siquiera a recriminarle. Todo lo contrario. Quienes, con cuentas y horarios, hacen de su toga un sayo se han revuelto contra el Pepito Grillo que osó denunciar a Dívar, pidiendo su dimisión por haber minado el prestigio y la credibilidad del consejo, mientras afilan sus navajas a la espera de una pelea entre consejeros que, sin duda, aún no ha acabado y será, cuando menos, sangrienta.

Carlos Dívar, del que el ministro Gallardón, el gran hipócrita que pretendió hacerse pasar por progre, ha dicho públicamente que la figura de Dívar saldrá reforzada de este asunto, mientras el propio Dívar se permite decir que "ni dimite ni dará explicaciones" por su comportamiento.

Es lo que tiene ser juez y parte, ser el dueño de la norma, su interpretación, la VISA y la autoridad que dan faldones, insignias y puñetas. Dívar consideró una miseria el gasto cuando sólo se conocía la mitad del mismo, quizá esos miles de euros pudiese pagarlos de su bolsillo sin esfuerzo. Ahora bien, ni con el elevado sueldo que cobra y cobrará ni con la VISA ciega que le han dado podrá comprar el prestigio que ha perdido y ha hecho perder a la institución que preside. Demasiada inmoralidad y falta de prudencia en quienes deben velar con esa virtud de que en este país se haga justicia.

Espero que su dios se lo perdone, porque, lo que soy yo, nunca.


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