Disfraces, por Javier Astasio


Que ahora vivimos en un continuo cambalache, en un vaivén en la política, en la economía y en la moral como en el viejo tango de Discépolo, ya no hay quien lo niegue. Nadie, o, en todo caso, muy pocos, dice la verdad. Todos quieren aparecer ante nosotros como más apetecibles, más fiables de lo que en realidad no son o no lo son del todo. Es como un baile de disfraces en el que los participantes hubiesen tomado al asalto el armario y se hubiesen arrebatado unos a otros los ropajes. Tanto es así, que, sin darse cuenta, más de uno y más de dos se han vestido con la ropa "de calle" que se han quitado los otros. Movería a la risa, si no diese pena, escuchar a Pedro Sánchez, que pretende gobernar este país, reinventar la Historia, pretendiendo hacernos creer que fue su partido el que trajo la democracia a España, una falsedad tan burda que provoca el sonrojo en quienes vivimos aquellos días, antes y después de la muerte del dictador. Debería saber este jovencito de anuncio de desodorante que en aquel viaja hubo mucha gente remando y que no fue precisamente su partido el que acabó con más callos en las manos.
Convendría recordarle al jovencito que quienes ejercían la verdadera oposición al régimen, en la clandestinidad, con todos sus peligros, eran otros, a través de los sindicatos y el movimiento vecinal, y que, si el PSOE alcanzó la notoriedad que alcanzó, fue porque tuvo el apoyo moral y económico de gobiernos y partidos del exterior. Eran los tiempos en los que, qué cosas, llamar socialdemócrata a alguien era casi como mentarle a la madre. Y es que eran tiempos de palos en las costillas y carreras, tiempos de pantalones campana y ponchos, de barbas y melenas, tiempos de inocencia y, sobre todo, tiempos de decencia.
Hoy las cosas han cambiado, hoy nadie, o casi nadie, se dice con orgullo de izquierdas o de derechas, nadie, o casi nadie, exhibe satisfecho su pasado, sin haberlo llevado previamente al tinte para un buen lavado en seco y un planchado. Por eso, algunos apellidos que entonces se ocultaban hoy, después de un buen abrillantado, como ese de socialdemócrata, se exhiben con orgullo, incluso por quienes poco o nada tiene o tuvieron que ver con aquel, hoy pervertido, modelo de bienestar que tanta estabilidad y progreso trajo a Europa.
Ocurre otro tanto con el independentismo que, de verdadero sentimiento para muchos, ha pasado a ser un banderín de enganche, un disfraz para demasiados. Y, claro, eso tiene consecuencias, porque, antes o después se abren las costuras del disfraz, que es lo que está ocurriendo en Cataluña, donde un apoyo absolutamente artificial y, por qué no decirlo, un tanto mercenario de la CUP a Junts p'el Si, se resquebraja a la primera de cambio, porque los unos se sienten traicionados y los otros están pisando el freno de la independencia ante la contundencia del día a día.
Le pasa también a quien se viste de naranja para no aparecer tal y como lo vemos y, en cuanto se rasca un poco la pintura, aparece ese azul intenso de machismo y liberalismo económico del que tantos españoles llevan años escamados. Y es que todos, como en cualquier galanteo, queremos lucir el plumaje más llamativo y hermoso y, para ello, si hace falta, le quitamos las plumas al vecino para ponerlas en nuestra cola con el mayor descaro.
Pero al final, como ahora en Cataluña, llega la hora de la verdad y no hay pluma ni hay disfraz que aguante la cruda realidad. Por eso, lo que toca es hacer el esfuerzo de imaginar a cada partido a cada uno de los candidatos, sin el disfraz que desde ahora y hasta el domingo 26 van a lucir.


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