Días todos iguales, por Javier Astasio



La vida, como una peonza, no debe dejar de dar vueltas, no debe pararse, porque, si se para, cuando se detiene el vertiginoso giro de los días y nos paramos a analizar el verdadero sentido de esa sucesión de días y de noches, corremos el peligro de perder la falsa impresión de equilibrio que da el encadenamiento de todos esos días que, en el fondo, apenas son una antesala del mañana que les sucede. Es entonces cuando se cae poco a poco y sin estrépito, como acaba cayendo la peonza.

Ese es el peligro de las rutinas y de acabar por tomar el control sobre ellas: poco o nada nos va a sorprender el nuevo día: lo previsible, lo seguro no emociona y, a veces, se acaba por agradecer un golpe de viento o un breve chaparrón en una tarde de verano. Tanto que, cuando un día de sol se suma a otro, la angustia vital, de la que tanto hablaban los existencialistas, acaba por cabalgar sobre nuestros hombros.

Y, cuando, como hoy, una visita al médico, pese a que en ocasiones comporte malas noticias o algún que otro desagradable tratamiento, se convierte en una cita en la agenda, en una meta, en una silueta en el horizonte, es porque algo anda mal, algo que no hiere, pero amarga y duele.

Por eso hay que luchar contra el desfallecimiento, poniendo los ojos en todo aquello que reconforte: una risa, una música, una imagen hermosa, un paisaje un roce, una caricia siempre igual de emocionantes, siempre distintos. Aunque, hay que tenerlo presente, a veces nos lleve al error o al desengaño. Hay que buscar cada día, y ya es trabajo, una razón distinta, un cabo, un islote o cualquier promontorio que nos permitan ver distinta la costa aparentemente uniforme por la que nos deslizamos, sin radio, GPS ni carta de navegación.

Y entonces, cuando los encuentras, todo es más fácil, se hace más dulce deslizarse por este tobogán, por esa línea de costa de días todos iguales. Aunque, todo tiene un pero, alguna de esas señales nos arrastre a un banco de arena en el que, de improviso y sin saber bien por qué, podemos quedar atrapados, a la espera de un golpe de mar que a veces tarda en llegar o no llega, que nos arranque de la trampa de nostalgia y arena.

Es entonces, en las horas de calma chicha, varados sobre esa trampa, cuando el sol abrasa y no hay siquiera un jirón de brisa que alivie la espera anunciando un cambio, la música, un buen libro, que en mi caso, habrá de ser electrónico y me temo que pirata, y los recuerdos, aunque sean tristes, ayuden a pasar las horas e, incluso nos arranquen una sonrisa. Yo, cómo el sublime Franz Kafka, me proclamo sibarita, y hago mías aquellas palabras suyas que me trajo Alfredo Bryce Echenique: "Los recuerdos bonitos, mezclados con tristeza, saben mucho mejor. Así que, en realidad, no estoy triste, sino que soy un sibarita"

Y, mientras tanto, la peonza gira cada vez más lentamente, la línea de costa se parece cada vez más a si misma y los días acaban por ser todos iguales.


Publicado por

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*