Desplomes, por Javier Astasio

 
 
La prensa bien hoy cargada de malas noticias para algunos. La prima de riesgo de quienes hace sólo dos años eran incuestionables se ha disparado y quedan ya pocos ciudadanos dispuestos a apostar su futuro a las cartas que les ofrecen. Las expectativas electorales de PP y PSOE están por los suelos y, porque aún les concedo algo de inteligencia, supongo que, en las cocinas de Ferraz y Génova, alguien andará a estas horas repasando el menú en cuanto a la oferta de paltos y los precios, porque con la sala vacía de comensales, difícilmente podrán mantener abiertos sus negocios. 
El PP se había especializado en platos muy del gusto de quienes frecuentan campos de golf, picaderos y clubes de tenis. Cocina cargada de tradición y baja en escrúpulos e impuestos, a la que enseguida se abonaron los nuevos ricos y los contratistas de obras que se subieron a la cresta de la ola de la falsa prosperidad que nos trajo, no ya la burbuja inmobiliaria, sino la corrupción que acarreó la barra libre de la Ley del Suelo de Aznar, de la que mamaron alcaldes, concejales, intermediarios, constructores y, sobre todo, banqueros. Pero esa dieta baja en impuestos, buena para quienes se creían eternamente jóvenes e inmortales, o así lo parecía, acabó por causar anemia en el organismo y la clientela, por enfermedad o desconfianza, después del indigesto atracón de noviembre de 2011 ha dejado, de pasar por el comedor.
El menú de los otros, los socialistas, parecía más equilibrado, sin duda, pero, con el tiempo, acabó resultando aburrido. Nadie se preocupó por saber qué quería la clientela ni, mucho menos, por revisar su vetusta carta, Todo lo más, cuando los responsables de cocina comenzaron a notar la desgana, primero, y la ausencia, después, de los clientes, se dejaron llevar por los nervios y comenzaron a lanzar atractivas ofertas con las que retener o recuperar comensales, aunque fuese a costa de vaciar de reservas la despensa.
En fin, un desastre que ha dejado a los españoles sin una oferta electoral decente que "llevarse a la boca" y que, por primera vez en la historia de la reciente democracia deja la suma de la expectativa de voto de los dos partidos que han gobernado España en los últimos treinta años por debajo del 50%, sin que destaque ninguna otra opción en el horizonte electoral. Algo habrá que hacer, porque si, a la vista está, que no ha sido bueno lo que había, también es evidente que nadie querría para España una salida parecida a la de Italia.
Sin embargo, hay otro interesante dato a  tener en cuenta y que muy probablemente servirá para animar de nuevo el "cotarro" electoral, un dato que ya no es soslayable como ha podido serlo hasta ahora. Un dato que no es otro que el desplome en paralelo de la hasta ahora la indiscutible popularidad del rey y, o, de la monarquía que desde hace dos años no ha dejado de caer, sin que nadie parezca interesado en reflotarla. Todo a cuenta de las enormes meteduras de pata del monarca o los tejemanejes de su yerno, un verdadero desastre para la buena imagen que hasta ahora tenían el rey y su familia, que nadie parece interesado o capacitado para enderezar. La cosa es tan grave que muchos hablan ya abiertamente de una abdicación de Juan Carlos como única salida a la crisis de la institución, yo entre ellos, algo más que difícil, porque todo lo que atañe a la monarquía está aún por desarrollar, porque como en tantas otras cosas nuestros gobernantes han preferido mirar hacia otro lado y encomendarse no sé si a alguna flor que han tenido en su trasero o a la mismísima virgen del Rocío.
Mientras tanto, y a sólo dos años y medio de unas nuevas elecciones generales, todas las certezas se desploman y en gran parte lo hacen porque unos y otros han pasado su vida empeñados en controlar lo que hasta hace no mucho les permitía conformar y manejar la opinión. Pero eso es ya agua pasada, porque, al menos informativamente, el tiempo de los embudos es ya agua pasada, como parece que también lo es o está a punto de serlo la monarquía.
 
 
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