Desfachatez, por Javier Astasio

 
No encuentro otra palabra que defina mejor la actitud de la presidenta de Castilla La Mancha, que, no lo olvidemos, es también secretaria general del PP. Tampoco debemos olvidar que esta ambiciosa mujer -no conozco a nadie que esté en política si carece de ambición- lleva décadas viviendo, y viviendo muy bien, de la política. De hecho, en los últimos tiempos ha estado en el centro de la polémica por los varios y cuantiosos sueldos que ella misma percibía y por el escandaloso, bien pagado, y finalmente frustrado fichaje de su marido, Ignacio López del Hierro, como consejero de la empresa pública Red Eléctrica de España,
No parece, pues, que esta madrileña de origen manchego le haga muchos ascos a la entrada de dinero público en casa. Más bien al contrario, lo que parece es que la cosa le ha gustado siempre. Y aunque no tengo claro si su cuna daba para mucho lujo, el hecho es que lleva veinte años a sueldo del Estado de uno u otro modo, lo que, sin duda, le ha permitido picar tan alto en los círculos del poder y la sociedad del lujo.
Resulta paradójico que esta señora que ha compatibilizado tantos puestos en la estructura del Estado y, sobre todo, tantos ingresos públicos, salga ahora con que hay que reducir a la mitad el número de diputados en el parlamento autonómico -lo que quizá no es tan disparatado- y con la estrafalaria propuesta de que los diputados no cobren por serlo, a cambio de poder seguir ejerciendo su profesión, de la que, claro, tendrían que vivir.
Otra vez el clasismo miserable de quien piensa que el mundo es como lo son sus alrededores. Naturalmente, su marido, Ignacio López del Hierro, consejero de no sé cuántas empresas, que cobra salario y dietas sólo por aparecer en carne mortal en las reuniones, podría compatibilizar su dura "profesión" con un escaño en ese parlamento que ha soñado la señora Cospedal. Pero ¿podrían hacerlo los diputados que son profesores, médicos del Insalud, empleados, trabajadores autónomos o, por qué no, sindicalistas?
Esos no podrían, claro. Por eso el parlamento soñado por la secretaria general del PP, estaría lleno de Guillermo Collantres que podrían seguir pagando sus caras hipotecas "levantándose" los 12.000 euros que reconoce que se levantaba al mes, en lugar de los escasos 5.100 del escaño y la concejalía, que no le dan para llegar a fin de mes.
El parlamento imaginado por doña Dolores sería como una especie de Club de Campo, al que los diputados, ricos de familia, empresarios profesionales de reconocido prestigio y abultada minuta, como en tiempos de Franco, los obispos, acudiesen a intercambiar pareceres y a pulsar un botoncito de vez en cuando. Las leyes, se las darían hechas desde arriba y, quién sabe, podrían, incluso, cerrar algún negocio. Los trabajadores, los intelectuales, los políticos con vocación de hacer esta sociedad más justa, que también los hay, los representantes de los trabajadores, los que quieren transformar el mundo, no tendrían sitio en su hemiciclo.
A la señora Cospedal, discípula adelantada en su día de doña Esperanza Aguirre, de la más rancia nobleza de España, sólo le falta meter en el Congreso, ella misma y de las riendas, el caballo de Pavía.
 
 
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