Desesperación, por Javier Astasio



Esta mañana, como muchos, me he despertado con la noticia de que alguien, un empresario en la ruina y desesperado, nos decían en un principio, había empotrado su coche, con dos bombonas de butano, contra la sede nacional del Partido Popular de la calle Génova. Afortunadamente, ni las bombonas explotaron, ni quien se decía empresario era tal. Todo quedó al parecer en un delirio, sin las graves consecuencias que podía haber tenido, de un hombre con algún antecedente psiquiátrico. Lo grave, lo preocupante, es que, durante unas horas, la versión de que el incidente que ha paralizado una parte importante de este Madrid somnoliento de viernes prenavideño era la acción desesperada de un empresario arruinado que atribuía su desgracia al gobierno del Partido Popular, a todos nos pareció verosímil.
Afortunadamente, insisto en ello, lo que ha pasado esta madrugada no ha sido obra de uno de tantos millones de españoles que han visto como, desde que el PP llegó al gobierno y acusados de haber estado viviendo por encima de sus posibilidades, su vida se ha ido devaluando hasta niveles que ni siquiera los más viejos eran capaces de recordar. Y todo, mientras se descubrían, uno tras otro, los escándalos que han llevado a prisión a unos cuantos colaboradores y amigos del gobierno, mientras bastantes más esperan a sentarse en el banquillo, todos por haber desvalijado las arcas públicas, al tiempo que ese mismo gobierno podaba con sus tijeras la felicidad y el bienestar de los ciudadanos.
De momento, lo que podría haber sido una enorme tragedia se ha quedado en un susto y, siendo como son los madrileños, no hay que descartar que acabe en comedia. Y qué bien que así sea, porque sólo faltaba, con la paranoia interesada de algunos portavoces del partido atacado en su sede y la de todos esos medios que le son afines, que el coche hubiese hecho explosión, por un lado, y que el incidente hubiese sido obra de alguna banda organizada.
Y menos mal, porque tenemos un ministro del Interior, curiosamente el que tiene el despacho más cerca de la sede popular, presto siempre a sacar la porra, y presto a mandar a sus robocops contra los ciudadanos, para coserles a palos y multas, y más si le sale bien lo de la ley mordaza, con la que, si quiere y con su paranoia, podría perseguir éste y otros blogs parecidos.
A estas horas, los artificieros de la Policía continúan trabajando en el "coche bomba" para descartar completamente cualquier riesgo para las personas, porque, recordemos, el vehículo está empotrado en la entrada del edificio, pero vamos conociendo detalles de la identidad del individuo que lo conducía, al parecer un ex toxicómano que había sido tratado en varias ocasiones e hijo del alcalde, socialista, de una pequeña localidad turolense.
Eso es lo que me da más miedo, que comience a ponerse apellidos a lo que parece más un delirio que la acción desesperada de un afectado por la crisis, no descarto que él lo sea,  contra un símbolo de quienes cree responsables de su desgracia. Eso y el que hayamos creído posible, como nos contaron en un principio, la historia del empresario en ruinas que transforma su desesperación en venganza.
Se momento, el más perjudicado va a ser el jovenzuelo Nicolás, que se va a ver privado de los focos y las cámaras el día de su declaración ante el juez, mientras los conspiranoicos aplauden con las orejas el nuevo filón que se abre para disfrute de sus mentes enfermas, ganancia de pescadores sin escrúpulos en el río revuelto de la desesperación.


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