Derroche, por Javier Astasio

A lo peor me meto en lo que no me llaman, pero hay cosas que por más que me esfuerzo no llego a entender. Una de ellas es el afán por el derroche que con tanta alegría gastan a menudo algunos, con el propósito de dejar su nombre grabado en una placa. Lo malo es que, casi siempre, lo que se derrocha no es la propia fortuna, sino el dinero de todos.
Llevo unos días en Cádiz, una de las zonas más castigadas por el paro de España, y estoy teniendo la terrible oportunidad de comprobarlo, porque, mientras hay gente aquí que carece de todo, quien debería velar por ellos y preocuparse de encontrarle una salida a su situación parece empeñado en mirar para otro lado y como si hiciese ya tiempo que hubiese tirado la toalla en esa esta tan difícil como imprescindible batalla.
En esta hermosa tierra que es Cádiz, llena de gente amable, hay mucho más que playas y chiringuitos. Hay, por ejemplo, barriadas carentes de lo más imprescindible, hay edificios venerables que se caen a pedazos porque sus propietarios no puedo o, demasiadas veces, no quieren repararlos. En este paraíso de las "terracitas" mirando al mar hay, también, demasiados ciudadanos que hace meses, si no años, que no han pisado un bar para tomarse un café ni, mucho menos, se han sentado con una cerveza a ver caer la tarde. Y no es que quiera amargar el día a nadie, es que la realidad es así de terrible.
Pues bien, en esta tierra con tantas carencias, fundamentalmente la de la oportunidad de trabajar, mañana miércoles se inaugura, después de nueve años de obras, el remodelado estadio Ramón de Carranza que se ha transformado en un estadio digno de la Liga de Campeones, en el que jugará un equipo que, tampoco este año, ha conseguido salir del pozo de la segunda división B.
Las obras de remodelación del estadio, con capacidad para acoger a algo más de 25.000 espectadores, han costado alrededor de 68 millones de euros y, para estrenarlas, la selección olímpica jugará en él mañana un partido que a saber cuánto le cuesta a Cádiz
Por si fuera poco, en esta tierra en que resulta difícil tomarse un café por más de un euro, quizá porque, más caro, sólo algún madrileño despistado como yo lo pagaría, está previsto celebrar un desfile de carnaval, con Carlinhos Brown a la cabeza, que le costará a la ciudad de Cádiz más de 600.000 euros.
Por eso, no sé, insisto, si estaré metiéndome en camisa de once varas, pero me cuesta entender lo que está pasando aquí. Quizá el pasado jueves tuve una pista al alcance de mi mano y no la supe ver: ese día, el siguiente al anuncio que, del recortazo y la subida del IVA, hizo Rajoy en el Congreso, la primera página del Diario de Cádiz se ocupaba del futuro del Cádiz y no del negro futuro de los gaditanos.
Eso sí, los jugadores de este equipo de Segunda B, y supongo que algún directivo con la llave apropiada, podrán disfrutar del jacuzzi del que tampoco carece el estadio.

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