Demasiado tarde para la política, por Javier Astasio



Parece que Mariano Rajoy se ha caído por fin del guindo al que le subieron los españoles hace tres años y lo ha hecho dando un bandazo espectacular al sustituir a una ministra, Mato, que en el mejor de los casos sólo ha sido una buena gestora, eso sí, sólo para el partido, por un político alejado de la confesionalidad tan en boga en el PP, prestigioso, moderado y dotado con el don de la palabra, tan pintoresco en gran parte del gobierno popular.
A la vista de ese perfil y de su nula vinculación con el mundo de la sanidad queda patente que lo que busca Rajoy no es un ministro sino, más bien, un portavoz que permita al ejecutivo conquistar ante la ciudadanía el prestigio y la buena imagen que, con Mato al frente del departamento, no tuvo nunca. Va a ser difícil pero no imposible, porque, al contrario que la señora del confeti, porque Alonso tiene la facilidad de palabra y la cintura política de la que esa virgen románica que tuvimos de ministra ha carecido siempre.
También queda claro, ya lo estaba con Mato, lo poco o nada que le importa a Rajoy y a su partido lo que tiene que ver con la filosofía de la sanidad, con sus líneas maestras, que es lo que de lo poco que le queda al ministro una vez transferidas a las comunidades autónomas la gestión o, como diría el yerno del más ilustre y reciente interno de la prisión de Aranjuez, las oportunidades de negocio que ofrece la sanidad.
Está claro que Rajoy ha decidido librarse de un pesado lastre y cambiarlo por un político brillante, que se ganó su prestigio al frente del ayuntamiento de su ciudad natal, en la que se hizo con un perfil moderado y más o menos progresista, apoyando iniciativas como la de su antecesor José Ángel Cuerda, de establecer el primer registro de parejas, del mismo sexo o no, con el fin de garantizar sus derechos, aunque sin tomar en consideración, lo que era de prever, tratándose de un alcalde de tan católicos personajes, la posibilidad del matrimonio que sólo llegaría con Zapatero. Apenas una tibieza vista con ojos de hoy, aunque un paso polémico y valiente en la segunda mitad de los noventa.
Al nombrarle ministro, Rajoy renuncia a una pieza importante en el Parlamento, que, por otra parte, ya tiene sobradamente controlado con su rodillo mayoritario, para ganar una nueva voz en la calle, capaz de meterse en los telediarios y en el terreno de las entrevistas, de las que suele salir airoso, ahora que es precisamente la calle lo que el PP parece tener definitivamente perdido, Una nueva voz que tendrá que reforzar sus mensajes con una serie de asuntos de su ministerio, hasta ahora abandonados por su antecesora Mato, como lo han sido todas las políticas sociales, las de igualdad, por ejemplo, que no fueron convenientemente atendidas, sino más bien al contrario, en manos de una talibán como Ana Mato,
En fin que, por primera vez, Rajoy parece más inteligente que prudente, también valdría más listo que cobarde, aunque el nombramiento, que parece encaminado a reforzar el perfil político de su gobierno, llegue demasiado tarde. Será una voz más, porque, hasta ahora, apenas se escuchaba otra voz que la del ministro de Exteriores García Margallo y no siempre agradable. Una voz más agradable, pero en modo alguno la que quiere escuchar la calle y es que, como decía Santiago Carrillo refiriéndose al entonces "progre" Gallardón, "no conozco en el PP a nadie que no sea del PP".  



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