Demasiada testosterona, por Javier Astasio



Siempre me ha parecido que Pablo Iglesias va sobrado de testosterona y que se "pone" pinchándose baños de masas en vena. Esa debe ser su droga, una droga que, como todas, acaba creando paraísos artificiales que, en su caso, le impiden ver la realidad social desde su nirvana particular.
Lo digo porque, ayer, en la campaña de las elecciones gallegas y después de un largo silencio, Pablo Iglesias invocó al miedo que hay que dar a los poderosos y sus voceros, como arma electoral, como reclamo para atraer votos a las urnas. Lo más curioso, como ha señalado algún comentarista, es que, cuando lo hizo, el auditorio ni se inmutó, en tanto que sus palabras, más o menos incendiarias, pero, ante todo, mientras, han abierto una brecha indisimulable entre él mismo y su viejo amigo Errejón en torno a la estrategia, no a la ideología, que debe caracterizar al partido.
Como bien señalo Errejón en un "tuit" posterior, los poderosos ya les temen y de lo que se trata es de no asustar a hipotéticos nuevos votantes. Ese fue el principio y, a partir de ahí, se desató la tormenta en redes y tertulias. Una tormenta que habla de luchas internas si no de divisiones, pero que, a mi entender, se circunscribe únicamente a la estrategia a seguir ante las urnas.
Ya sabréis de sobra que Pablo Iglesias, "prima donna" donde las haya, no es santo de mi devoción. Y, si no lo es, es porque, como tantos, pretende reducir el mundo a lo que conoce, temeroso siempre de lo que no controla. De ahí sus "purguitas" dentro del partido, su intervencionismo en los procesos de democracia interna y, digámoslo claro, su excesivo protagonismo, asumiendo siempre que puede, la voz única de la organización.
A mi modo de ver, lo que lleva a Pablo Iglesias a decir lo que dice, a "soltar" en un mitin de campaña lo que debería haberse tratado de puertas adentro es la mala digestión que arrastra del "fracaso" en las elecciones del 26 de junio que él insiste en atribuir al tono moderado que sostuvo en ella, siguiendo quizá los consejos de Errejón, la pérdida de un millón de votos, justo los que impidieron el ansiado "sorpasso" al PSOE. Así lo dedujeron después de las consultas convenientemente "dirigidas" a los militantes, una especie de consulta al "espejito" de la madrastra de Blancanieves, que dejaba fuera del cuestionario la verdadera causa, insisto, a mi parecer, del fracaso.
Conociéndole y, siguiendo el evangélico "por sus obras les conoceréis" creo que le conozco, estoy seguro de que su irrupción como elefante en cacharrería en las consultas para la investidura de Pedro Sánchez, haciéndole el gobierno y sembrando su propuesta de acuerdo con los socialistas con más de un borrón estalinista, ni siquiera ha sido considerada por él como causa de la sangría de votos. Cómo iba a equivocarse él que, desde que era el crío que ya no es, había ido de éxito en éxito, cada vez más arriba, hasta toparse con un fracaso que ni siquiera las encuestas le auguraban.
Para mí, aquello fue un subidón de testosterona que, a muchos, como a mí, nos asustaron. Y no es que yo crea que la izquierda deba de ser sumisa, me conformo con que sea inteligente y realista y me temo que Iglesias no lo fue en esa ocasión, tirando por la borda la mayor oportunidad que ha tenido la izquierda española en los últimos años.
Gobernar no es controlar una asamblea ni escribir un manifiesto, gobernar es algo más. Sobre todo, cuando conseguir la mayoría absoluta para poner en práctica un programa como el de Podemos, es algo más que una utopía. Por eso, si Iglesias cree que, sólo asustando a banqueros y poderosos lo va conseguir, se equivoca, porque ese miedo arrastra a otros muchos miedos subsidiarios. Iglesias debería hacer caso a Errejón y esforzarse en convencer a los que aún no están convencidos, a los que no están en sus mítines ni asambleas. Y debe tener muy claro que no sólo con aclamaciones y palmaditas en la espalda se consigue. A iglesias le vendría bien de vez en cuando una ducha fría, algo que rebaje su elevado nivel de testosterona. Si no, él y los que creemos que Podemos es no sólo muy necesario, sino imprescindible.

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