Decálogo para NO convertirse en un experto en vino… y tampoco quedar como un idiota, por Raquel Pardo

Hoy, en pleno día de exaltación amorosa y tras haberme bebido una copita de un vino low cost (unos tres euros en tienda) estupendo, una Syrah de Castilla – La Mancha de 2011, me meto en el mundo de los decálogos, porque se me han ocurrido unos consejos con la misma vocación de siempre, que el que quiera beber vino lo haga sin miedo y sin ataduras, sin compromisos. ¡A flirtear se ha dicho! 

En este día de San Valentín, os propongo diez verbos para dejarse cortejar por el vino, y poco a poco ir adentrándose en su capacidad seductora. Pero ¡ojo! NO es un manual para expertos, que para ser expertos ya habrá tiempo (y ganas), sino una especie de conjunto de técnicas de seducción. Pero con ello el objetivo no es unir seres humanos entre sí, sino un ser humano con un líquido, que es una estupenda unión y lo más probable es que no acabe en divorcio como ocurre con otro tipo de parejas. Bueno, al grano con esos verbos:

- UNO- Beber: yo creo que esto lo digo siempre y lo oiréis hasta el hastío. Para que el vino os enamore tenéis que beberlo. Y beberlo blanco, tinto, espumoso, dulce, con crianza, sin ella, con defectos, sin ellos… y después ir eligiendo cuáles os van gustando más.

- DOS- Recordar: muchas veces pasa, que bebemos un vino que nos gusta y luego, cuando queremos repetir, no hay manera de encontrarlo en la memoria. Pues con ayuda de un lapicerito, un Smartphone o una regla mnemotécnica, recordar es una herramienta súper útil para aprender de las virtudes, o defectos, de un vino.

- TRES- Viajar: sí, claro, me diréis, aprender de vino viajando supone un desembolso y un esfuerzo considerables. Pues no, queridos amigos líquidos, cualquier viaje puede ser la oportunidad para encontrarse con un vino de la zona (eso es lo ideal, porque riojas y riberas hay en todas partes) que de otro modo no conoceríamos. Ah, también los viajes a propósito a Rioja y Ribera enseñan ¿eh? paisajes, clima, fincas donde están plantadas las viñas… si lo mejor de los viajes es que enseñan sí o sí, ¿verdad?

- CUATRO- Escuchar: a los que saben (no a los que parece que saben). Y con “los que saben” me refiero a los profesionales que nos atienden bien en muchos restaurantes, a los que atienden a lo que les pedimos aunque no se lo expliquemos con su lenguaje, a los enólogos y personal de bodegas si visitamos alguna, a los periodistas especializados y a las guías de vinos que nos parezcan más ajustadas a nuestros gustos… que en este mercado hay de todo tipo.

- CINCO- Hablar, preguntar: cuando digo “sin miedo” no solo es sin miedo a beber cualquier vino y sin miedo a meter la pata y equivocarnos eligiendo un vino que no nos gusta o defectuoso, digo también sin miedo a preguntar, desde ¿qué son esos recipientes de madera y por qué tienen arriba un tapón de silicona? a ¿Qué narices quieres decir con “corcho” cuando hablas de un aroma? Preguntando se aprende, de toda la vida, y no solo de vino.

- SEIS- Observar: a los profesionales de los restaurantes y las cantinas donde hay buen vino bien servido, a aquellos que no lo hacen tan bien y nos traen una cubitera solo con hielos y nada de agua para enfriar nuestros blancos o tintos, ver pelis sobre asuntos vinícolas (algunas son tópicos, pero pueden servir para empezar a enamorarse), y de nuevo aprender con la vista de aquellos que parece que controlan en esto del vino.

- SIETE- Confiar: en el vino que bebemos, que si no nos dice nada al principio, ya lo hará la segunda, tercera o cuarta vez que lo descorchemos. Confiar en que terminaremos sabiendo algo más que cuando empezamos la botella, en que en esto del vino hay quien está dispuesto a repartir conocimientos por puro amor al vino… y confiar en que NO PASA NADA por llevar un ritmo pausado aprendiendo. Si hasta las viñas tardan lustros en aprender a dar buenas uvas.

- OCHO- Atreverse: ¿un vino turbio? Agggg! Yo no quiero eso!!! ¿Un vino de uva pasa? ¿pero tú estás loco o qué? ¿Que los finos se crían debajo de una levadura??? Preguntas como estas se nos pueden pasar por la cabeza según vayamos encontrándonos, perdido el miedo, con vinos más especiales, más complicados de entender y retos un poquito mayores. Pues el verbo atreverse aquí es crucial para seguir aprendiendo. Sin riesgo no se gana.

- NUEVE- Catar: cuando uno ya ha probado unos cuantos vinos (cada cual que decida cuándo le apetece) puede comenzar una historia de amor un poco más profunda con el vino atreviéndose (¿veis?) a catarlo. Es decir, a buscar una copa adecuada, encontrar un vino que le atraiga y poniéndolo, a buena temperatura (dependiendo del tipo de vino y la época del año esto puede cambiar en varios grados de diferencia), en la copa para mirarlo, olerlo, probarlo y pensar en él. Eso, esencialmente, es la cata. Al principio, los primeros vinos pueden no decir nada, pero no hay que desesperar, toda relación va ganando en calidad con el tiempo, y con la cata es lo mismo. Poco a poco el vino os hablará un lenguaje cada vez más claro, pero eso sí, con paciencia y calma, sin perder los nervios que todo llega.

- DIEZ- Disfrutar: este es el verbo padre. Sin disfrute no tiene sentido ninguno de los otros nueve, ni el esfuerzo, ni el aprendizaje, ni la paciencia ni la entrega. Si no te compensa o te exige demasiado tiempo y trabajo, déjalo, no hay problema. Como he dicho arriba, este no es un decálogo para ser expertos. Salud.

Este libro fue un regalo, pero no de San ValentínEsta parejita está encantada de compartir sus vinos, y no solo en San Valentín...

Hoy estoy en plan cursi y voy a copietear un proverbio latino que me encanta y me parece que va al pelo con San Valentín y otros santos del montón: “No está de más recordar que hay cinco razones para beber: la llegada de un amigo, la actual o futura sed que tengamos, la excelencia del vino… o cualquier otra razón”. Ale, ya está bien por hoy. Disfruten sus líquidos.

 

(Por RaqueLíquida)

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