De sombras y oro, por Noelia Jiménez (@njimenez79)

Como si sacase unos ajos con los que espantar a los vampiros que trataron de chuparle la sangre en un pasado no muy lejano. Así ha escrito José Miguel Arroyo sus memorias, que publica Espasa bajo el título Joselito el verdadero. Porque los vampiros muchas veces se llevan dentro y en ocasiones son los propios pensamientos, los recuerdos que duelen, los dolores que no se fueron, la rabia, la impotencia, la amargura. Y la mejor medicina es escupir la hiel para empezar a saborear los postres de una vida cuyos primeros platos José se comió a bocados.

Trescientas tres páginas de Joselito en estado puro. De José "el Moreno", macarra y cheli. De Lentejita, chuleta y mangui. De Joselito, en fin, figura y señor. Verdad y grandeza. Eso es lo que aguarda en este libro, que más que leer se bebe porque tras cada letra suena la voz del hombre que se salvó por hacerse torero. Es Joselito quien habla, quien cuenta que "se puede salir de las situaciones más desesperadas si se encuentran la ilusión o la ambición suficientes para no dejarse llevar, para rebelarse contra el destino y luchar, aunque se sea apenas un niño, por tirar para adelante" (p. 11).

Ese destino es, en el caso de Joselito, el de una familia de las que hoy llaman desestructurada, con una madre que lo abandonó cuando él solo tenía tres años y un padre que traficaba con hachís y al que alguna vez tuvo que ir a ver a la cárcel. Un destino que escocía expuesto al aire canalla de un barrio, el de La Guindalera, donde la droga era cosa común y los camellos, los reyes del mambo, ídolos de los chavales.

Pero resulta que un día a Joselito se le cruzó el toreo en el camino y le cambió la vida. Él, que durante tanto tiempo se había pasado las tardes jugando a las chapas en los tendidos de Las Ventas, se quedó prendado del arrojo de un Juan Mora que, aún de novillero, se repuso de una voltereta con la raza y el arte que solo tienen los que tienen torería de verdad. Y solo entonces empezó a coger los trapos de cocina para torear en casa. Y también entonces se empeñó en apuntarse en la Escuela Taurina de Madrid, donde el Yiyo, su ídolo, le puso el apodo de "Lentejita" y donde aprendió que "para ser torero, para competir, no te puedes despistar ni un minuto. Y que no hay amigos que valgan. Cada uno a lo suyo y poniendo el alma para conseguirlo" (p. 85).

A partir de aquí, la vida de Joselito es historia del toreo. Entre otras cosas, por su concepto de la profesión: "Ser torero es algo mucho más serio de lo que la gente se imagina. No es solo pegar pases y cortar orejas, sino una forma de comportarse y de actuar en la plaza y en la vida, como un sacerdocio que encierra mucha hombría, y no en el sentido machista de la palabra. Hay que tener toneladas de entereza, gallardía y capacidad de sacrificio y superación. El torero ha de compaginar la sensibilidad de un artista para expresarse y el valor de un guerrero para superar el dolor y el miedo. Hay que poder conjugar ambas caras del toreo, que no es algo de gatas sino de tigres" (p. 147).

Y de tigres es, de algún modo, sobreponerse al destino, coger las sombras por los cuernos y hacer de la ilusión los trastos con los que firmar la faena más difícil: la de ser quien se es.

[Publicado en Diariocrítico.com]

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