De sobres y poder, por Javier Astasio

 
 

Cuentan las malas lenguas que ayer, antes de que centenares de madrileños indignados se reunieran para cantarle al PP las verdades del tesorero, se habían agotado las existencias de corrector de ojeras en las perfumerías de la calle Génova y en alguna otra del centro de Toledo. Y es que la secretaria general del PP necesitó toneladas de la barra mágica, para esconder los estragos que la información publicada por EL PAÍS había dejado en su rostro, a pesar de que, como todos sabemos, es mucho.

Pueden repetirlo hasta la saciedad, pero, esta vez, su mensaje está lleno de fisuras y sus explicaciones llenas de lagunas que restan credibilidad a sus declaraciones reclamando sin éxito, incluso con torpes amenazas, la inocencia de su partido.

Dice el principio de Peter que cada cual alcanza su máximo nivel de incompetencia y es eso lo que le está ocurriendo al presidente del gobierno en su empeño por dejar que los problemas se arreglen solos mientras él se esfuma en la niebla del silencio. Utilizar a la señora Cospedal como perro de verja que ladra a todo lo que se menea, mientras el lee su Marca y fuma puros en su rincón, si alguna vez le ha servido, ya ha dejado de hacerlo. La gente tiene derecho a pensar que quien es incapaz, no sólo de garantizar las cuentas de su partido, sino, también, de sucumbir a técnicas tan miserables como la de repartir en sobres el dinero que entraba ilegalmente en el partido, es del todo incapaz de garantizar la limpieza de cualquier acción del Gobierno.

Rajoy se está ahogando en su propio silencio. Tanto ha defendido su propia honorabilidad y la de los suyos en vano, que ahora, como a Pedro, el del lobo, ya nadie le cree. Y un presidente de gobierno sin credibilidad es del todo perjudicial para su país, dentro y fuera de las fronteras. Con qué cara se va a presentar ante sus iguales, Merkel la primera, este mismo lunes, después del eco que ha tenido en la prensa internacional el escándalo desatado por la salida a la luz del cuaderno de los horrores.

Le van a tomar, les van a tomar, por el pito del sereno y de nada le van a servir la mayoría en el Congreso y su acorazada de injuriar, incluida en parte en los asientos de pagos, la gente está harta, muy harta, de las ratas que campan a su antojo por la despensa del país, mientras, en la mesa, los platos de todos están cada vez más vacíos.

Cuánto echo de menos una oposición fuerte y limpia, a la que nadie pueda replicarle con el "y tú más" que hace bajar los ojos y callar las bocas, cuando tanta falta hace mirar de frente y decir claramente y en sede parlamentaria lo que todos sospechábamos y ahora sabemos, eso para lo que, por lo dicho por Rajoy a Cayo Lara, no está el Parlamento.

Es triste y lo he dicho más de una vez, pero, en este país, para que no nos asustásemos por el coste de la democracia, frente a la aparente gratuidad de la dictadura, alguien decidió disimular y encontrar vías alternativas para pagarlos, a base de "donativos" no tan anónimos, en sobres, bolsa y cajas repletos de dinero, que, más tarde, ya desde el poder, serían compensados en adjudicaciones, obras y recalificaciones. Un sistema que, poco a poco, con el paso de los años, fue reforzando la posición de dos de los partidos, PP y PSOE, que se han ido alternando en el poder, con las consecuencias que ahora estamos padeciendo.

Nadie puede, nadie podía creerse que estructuras como las que tienen ambos partidos se financiasen únicamente con el dinero "a la vista". Ahora estamos frente a la paradoja de tener un gobierno en crisis absoluta, inmoral a los ojos del pueblo y una oposición en su medida no menos inmoral, incapaz de pedir a ese gobierno bajo mínimos que se vaya y convoque elecciones, porque tiene la seguridad de que no alcanzará el poder y de que, si lo alcanza, no acaben por salir los esqueletos que esconde en sus armarios.

La democracia española es imperfecta. Tanto como para permitir que se apruebe una reforma laboral que ha llevado a más de medio millón de ciudadanos al paro. Y lo es, porque en la carera para conseguir un escaño, algunos salen con kilómetros de ventaja sobre el resto y no hablo, en esta ocasión, de la maldita ley de D'Hont, sino del baile de sobres, sean del color que sean, que consagran la triste realidad de que el que paga siempre gana.
 
 

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