DE RIVERAS Y 'ANTIPIQUÉS', por Javier Astasio

Que hay quienes buscan solución a los problemas, mientras hay quienes plantean problemas a las soluciones es algo evidente. No hay más que pararse un momento a observar lo que viene haciendo Albert Rivera, que a cada momento se convierte, en contra de lo que proclaman él y los suyos, en la pieza que bloquea el engranaje democrático, impidiendo cualquier transformación de las mayorías y contribuyendo de ese modo a la fosilización del PP y la corrupción que dice combatir y evitando que las partes se sienten a hablar de problemas tan acuciantes como lo que puede ocurrir en esa España que tanto dicen defender y de la que también forma parte Cataluña.
Ayer mismo, a las pocas horas de haber vivido ese domingo tan evitable como trágico para este país, Albert Rivera se mostró, después de verse con el impávido Rajoy, tan intransigente como acostumbra con cualquier atisbo de diálogo con quienes, de la mano del peor inquilino que ha tenido La Moncloa, han colocado a Cataluña y a toda España al borde del precipicio. Pues bien, la solución-problema que plantea Rivera ahora es la aplicación del famoso 155, con convocatoria inmediata de elecciones en Cataluña. Algo que, después de ver lo que vimos el domingo, sólo sería posible si la fuerza que se envía a Cataluña es algo más que Policía y Guardia Civil y eso es algo, creo, que nadie queremos.
Rivera, como el mismo Rajoy, saben, como cualquiera, y basta con recordar el "a por ellos" con que se despidió a los guardias camino de Cataluña o con escuchar, ayer, los bramidos contra Piqué, que hay una parte lamentablemente importante de españoles que está dispuestos a dejarse cegar por quienes agitan  pancartas y banderas ante sus ojos, más si esos trapos se dirigen contra nuestros compatriotas catalanes, a quienes, reconozcámoslo, siempre hemos mirado, porque así nos han enseñado a hacerlo, con envidia y desconfianza.
Rivera explotó esta animadversión hacia el catalanismo, creando una ínsula anti catalanista en plena Cataluña apoyándose en una tan audaz como nada barata campaña publicitaria, pagada por aún no se sabe quién, para convertirle en una variedad "forte" y renovada de lo de siempre. El joven, brillante y premiado orador o sus padrinos vieron en Ciudadanos que, como marca catalana, apenas tuvo éxito, la solución ideal para controlar los efectos de la debacle a la que caminaba la derecha española tras el 15-M, con el PP en caída libre y el PSOE lamiéndose las yagas que el exceso de obscena convivencia ignominiosa con el IBEX había dejado en él.
Disfrazado de conciencia de la derecha sin conciencia tuvo su primer gran éxito en Andalucía, donde tomó por sorpresa su parte del pastel que dejó en la mesa la desaparición del bipartidismo y supo jugar sus cartas, centrando en la figura de Rivera, aparentemente intransigente con la corrupción, la imagen del partido. Sin embargo, y aquí lo sabemos bien, sostiene allá donde puede gobiernos instalados en la corrupción, los recortes y el despotismo, como el de Cristina Cifuentes en Madrid o el de Susana Díaz en Andalucía. Y ahí sigue, quizá porque rivera y quien está detrás de él saben que hay una parte importante de la población que se dejan encandilar por una oratoria brillante, más si está cargada con todos esos viejos tópicos en los que quiere creer.
Rivera sabe que su verbo es el mejor disfraz para cubrir el trogloditismo de quienes pagan la entrada a un estadio para insultar a un solo jugador, Piqué, que una y otra vez comete la imprudencia de creer que en este país se respeta la opinión de los demás. No se dan cuenta esos energúmenos de que, por cada silbido, por cada insulto que dedican a Piqué, se afirma en los catalanes la idea de que no son queridos en el resto de España.
Rivera y los "antipiqué", uno con su lenguaje brillante y otros con su zafiedad secular y característica, son la misma cosa: simplemente intolerancia el peor pecado, transversal a ideologías y clases, el que mina la convivencia. 

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