¿De quién es el trabajo?, por Javier Astasio


En siglos pasados, las grandes revueltas, las guerras, se hacían por la tierra. Los dueños de la misma, aristócratas y burgueses terratenientes, asfixiaban tanto a sus aparceros, exigiéndoles las rentas y las cosechas, sin importarles si el tiempo había sido compasivo con ellas o inclemente, exprimiéndoles de tal manera que,  demasiado a menudo, la únicas salida eran la emigración o la revuelta.
Hoy las cosas son distintas, o quizá no tanto. Hoy las máquinas han sustituido al hombre en el campo, los grandes tráileres a las carretas y las grandes superficies a los mercados locales, pero la explotación sigue siendo la misma, aunque tenga lugar en otro escenario. Hoy, los hijos y los nietos de aquellos campesinos que dejaron el campo para buscar en la ciudad el pan que más el amo que la tierra les negaba, se encuentran con que la misma codicia, la misma crueldad, la misma dureza de los amos de antaño es la que les deja sin trabajo o recorta los salarios hasta hacer insoportable la esperanza para sí y para sus hijos.
También en las ciudades y en las fábricas en las que buscaron refugio quienes huían del hambre de la tierra que les vio nacer, las máquinas están sustituyendo la fuerza de trabajo y sirven de coartada o de amenaza para que los trabajadores vean reducidos sus salarios, cuando no arruinada su vida laboral. Tampoco escapan a esa ruina los hijos a los que quiso dotar del arma de la educación, invirtiendo sus ahorros en carreras que ahora son casi un obstáculo a la hora de encontrar trabajo. La codicia de los nuevos amos, parapetados tras la máscara de una sociedad anónima y obedeciendo las consignas de los mercados, con gobiernos que aparentemente elegimos todos, también nosotros, pero les sirven y obedecen a ellos, esa codicia, no tiene límites y, como los viejos dioses, a cada sacrificio que se les ofrece, exigen otro, más cruel y más sangriento.
Es lo que ocurre en España, donde, a pesar de que una gran parte de los trabajadores, cada vez mayor, está renunciando, incluso, a las conquistas que lograron sus padres: una vivienda, las vacaciones, una familia, el futuro, no son capaces de llegar a fin de mes con el salario que ganan, si es que tienen la suerte de ganarlo. Es lo que ocurre en un país que, como África, aunque sin pateras, manda a lo mejor de su juventud a ganarse la vida al extranjero, con pocas esperanzas de regresar y devolver a su país el esfuerzo llevado a cabo por todos en su educación.
Ancianos desatendidos, niños que pasan hambre, gente viviendo y durmiendo en las calles, viviendas que se deterioran día adía, en las que se pasa demasiado frío o demasiado calor, todo lo que nos duele a los de abajo, a los que estamos a pie de calle, parece ser invisible para nuestros gobernantes y, no digamos ya, para ese oráculo maldito en que se han convertido organismos antidemocráticos, como el FMI, gobernados por personajes corrompidos y siniestros que se permiten decirnos cuanta hambre y cuanta desigualdad podemos padecer.
Organismos que se permiten decirnos que esos salarios que no dan para llegar fin de mes deben bajar aún más, que deben bajar también las pensiones, que tenemos que  pagar do veces las medicinas que ya pagamos con nuestros impuestos, abaratar el despido y subir el  más injusto de los impuestos, el IVA. Quizá siguiendo una siniestra estrategia diseñada por quienes puentean o "sobornan" a los que elegimos para defendernos y gobernarnos, para convertirnos en un país de pobres y dóciles, en un silo de mano de obra barata para sus fábricas y para servirles en sus vacaciones. Un país en el que el trabajo digno no sea ya un derecho constitucional, sino unas migajas que, de vez en cuando, caen del mantel de sus grandes festines,
Pero los puestos de trabajo, como pedían los campesinos hace un siglo y antes que fuese la tierra, han de ser para quienes lo trabajan. No para esos codiciosos que lo exprimen y nos exprimen hasta la desesperación que, con suerte, lleva a la revuelta.


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