¿De qué va, señora Condesa?, por Javier Astasio


No sé si fue el calor que ayer sufrimos en Madrid, pero, cuando ayer, a media tarde, escuché el discurso de Esperanza Aguirre ante la dirección del PP en la sede nacional del partido, tuve que pellizcarme para comprobar que lo que escuchaba no era una jugarreta del bochorno, un mal sueño del amodorramiento a que nos llevan las altas temperaturas.

¡Hace falta tener morro! Hay que ser muy cónico para tratar de convertirse en la Juana de Arco de la regeneración del PP, cuando ha sido ella quien ha estado al frente del gobierno de la comunidad autónoma que más escándalos ha sumado en la trama Gürtel, en la que  más dinero púbico se ha  despilfarrado en propaganda y autobombo, actos en los que se acostumbraba a pagar la moqueta a precio de alfombra persa. Una comunidad en la que los ayuntamientos del eje de la carretera de la Coruña se convirtieron en máquinas recaudadoras a mayor gloria de los inquilinos de la Puerta del Sol.

Pues bien, la condesa, doña Esperanza, se "marcó" ayer, a sabiendas de que toda la prensa estaba pendiente de ella, que para eso se les aviso, un discurso medido y calculado, muy en el estilo de sus intervenciones electorales. Un discurso en el que vino a proponer a su partido hacer borrón y cuenta nueva, asumir que ha habido corrupción y, lo más alucinante, a explicarla, como si fuese posible justificar el saqueo que durante años han venido sufriendo las cuentas públicas a cuenta de contratos y adjudicaciones compensados con regalos y donaciones para los encargados de tomar las decisiones, sus familias o su partido.

Esta señora, que no da puntada sin hilo, sabe que la suerte está echada, que las falsas promesas de inmunidad hechas a Bárcenas por Rajoy son ya inasumibles y que la dirección del partido y quién sabe si también el Gobierno tienen las horas contadas. Y, como lo sabe, lo que hizo ayer fue dar unos cuantos codazos y pisar unos cuantos callos para quedar en primer plano en la foto del nuevo PP, al  frente de lo que quede del partido.

Mientras la dirección del PP sigue con las excusas de mal pagador, con esos argumentos de colegial tan manidos, tan forzados y tan inverosímiles, Esperanza Aguirre se agarra al timón de ese prestige, sembrador de tanto chapapote sobre la política española, en que ha devenido el PP. Lo que no sé, ni alcanzo a imaginar, es si lo que quiere es levarlo a puerto o hundirlo en alta mar. Lo que pasa en el PP tiene mal arreglo. Fuera de nuestras fronteras se habla de nosotros como llevamos años oyendo hablar de los italianos y ya comienza a agitarse el fantasma de unas elecciones adelantadas, que, dado el calvario en que se va a convertir la legislatura para Rajoy, serían un mal menor, aunque a Javier Solana, quizá porque pillarían a su partido, el PSOE, sin los deberes hechos, no le parezca bien la caída del gobierno.

Aún nos queda mucho por ver, pero la jugada que puso en marcha ayer Aguirre ayer, sin duda bien asesorada por su equipo, está ya amortizada, porque la gente está ya muy cansada, muy castigada y con la sensación de haber sido engañada demasiado tiempo. Lo demuestra que ayer mismo, cuando las palabras de Aguirre circulaban ya por radios y televisiones, centenares de ciudadanos se plantaron ante el lugar donde las había dicho para gritar que el PP no es un partido, sino una mafia.

Su discurso, señora condesa, ya no cuela y, como diría un castizo ¿de qué va, señora?
 
 

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