De profes de filosofía, tests, depresiones, mobbings y el equinoccio, por Gabriel Merino

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El equinoccio. La entrada de la primavera y el otoño. Como los cumpleaños de cifras redondas, esas que acaban en cero. Anuncian cambios, provocan ensoñaciones, alteran los estados y menean los biorritmos. Es como agitar, de repente, una caja llena de canicas que llevaba mucho tiempo quieta. Suenan y se descolocan.

Quería hablar hoy de cosas variadas que confluyen al final. Pero empiezo muy al principio: cuando era aún menor tenía un amigo cuya familia evitaba la palabra con que la que habían diagnosticado que creo que le hacía hacer visitas regulares al médico y tomar pastillas. Diagnóstico que tiene que ver con esos resortes que llevamos dentro de la cabeza y que, en su caso, aun siendo brillante y políglota, a veces le hacía entrar en estados de ausencia, tristeza y, según dicen, violencia. Por respeto a lo que recuerdo de él, la voy a repetir: esquizofrenia.

A mí, cuando era más pequeño, como leía de corrido desde pequeñín, me pusieron delante de una batería de manchas, palabrejas, cuentas y asociaciones para determinar si me podían echar un curso más arriba. Y me subieron, por lo que, al final, casi toda la vida escolar fui el pequeño de la clase. Mis padres nunca me contaron el resultado de aquellas pruebas, pero creo que era un número. Años más tarde, en el instituto, uno de los profes de filosofía –recuerdo tres: la que decía que dios no existía pero que si existiera sería el cristiano, que era el único verdadero; el que el día de explicar Kant nos dijo que para hablar de algún Emmanuel prefería con mucho contarnos la peli de Sylvia Krystel, y el que nos introdujo en el juego de la lógica de Lewis Carroll y nos enseñó silogismos con palabrejas como barbara, celarent, darii y ferio. De éste último hablo- dijo que nos iba a hacer tests de CI, de Rorschach, de carácter y de inteligencia emocional. Yo recuerdo que salía colérico tirando a sanguíneo. En el test de la forma de hipotéticos cuadros psíquicos que podían atacarnos según enfrentáramos la vida podíamos salir de tipo esquizo, psicótico, paranoide o maniaco-depresivo. Aquí  yo sobresalía un poco en esta última tendencia.  En fín, hicimos muchas pruebas y al final nos dieron otro número. El mío –dicen- era muy bueno.

Pero, como dije el día que hablé de las presuntas superdotaciones y del llamado bachillerato de excelencia, lo de medir la inteligencia por un número es una simpleza, como considerar que los más capaces son quienes mejores nota sacan o que es mejor amante quien la tiene más larga. Es, más que nada, una cuestión de estética social. Los tests de CI, la verdad, me sirvieron luego para conocer de antemano el truco y conseguir mi primera beca años después moviendo imaginariamente piezas en el aire para decir cuál era su reflejo, siguiendo series de números o deduciendo qué palabra sobraba de una lista. Pura mecánica. Eso no me hacía, ni mucho menos, más feliz ni me hacía sentir más nada que otros. De hecho, ya había visitado al psicólogo una vez antes y otra, poco después de cumplir los 20 años.

Depresión. La primera –causa exógena, por suerte- la pasé entonces. Ya sabía de antes que quien padece depresión –incluso había una familia conocida casi entera que la padecía- no puede ni moverse ni levantarse, llora por todo, no tiene ganas de nada de nada, no responde a ningún tipo de estímulo y lo que querría es no estar. Pese a que hoy no creo en dios, lo cierto es que aquel primer bache lo superé con un sacerdote voluntarioso, fe, ánimo y buenos consejos. Pero una depresión no es una depre de esas que se presentan por una mala racha: no se la deseo ni a mi peor enemigo. Sólo recuerdo la sensación permanente de querer morirse.

Años más tarde, un empresario con pocos escrúpulos que quería liquidar la empresa en la que trabajaba empezó a hacerme mobbing: contar ahora las técnicas que usaba después de aislarme y echar de la empresa a las personas que más quería parecería una simpleza. Sólo recuerdo que entonces era una pesadilla y un mar de lágrimas despertarse. Había temblores, sudores fríos, inseguridad, introversión, gritos y deseos de estar sólo y a oscuras. El infierno. Con ayuda de una excepcional psicóloga y mandando –el remedio era fácil- a tomar por culo aquel trabajo superé mi segunda –y hasta hoy, última- depresión exógena.

Sé, porque me gusta, lo que puede pasar por la cabeza de esos héroes atormentados de las películas de Herzog: desde la aventura equinoccial de Lope de Aguirre a la megalomanía de construir una ópera en la selva de Manaos, del la forma de descubrir un nuevo mundo del niño salvaje Kaspar Hauser al síndrome de wendigo que padecía aquel grizzly man que al final fue devorado por sus “amigos”, los osos. Lo que albergamos en el cráneo, las turbinas, engranajes, tilts y game overs que pueden accionarse o desencadenarse dependen mucho de los que somos, pero también del entorno: de los cambios de estación, de las compañías, de la edad, de las expectativas y de quienes tratan de quebrarnos, a veces aún no conscientemente  aunque muchas veces con deliberación o alevosía.

Tengo ahora un apreciado conocido que padece bipolaridad, eso que antes se daba en llamar una personalidad maniaco-depresiva. Es inteligente, culto, brillante, vehemente y -estimo que- básicamente una muy buena persona. Escribe como un santo, por eso transmite tan bien lo profunda, lacerante y omnímoda que puede ser su dolencia cuando le ataca. Y por eso hoy escribo sobre estas cosas que albergamos dentro; esas que antes, cuando no se entendían, hacían que los de fuera te calificaran con el vago e injusto calificativo de loco. Ahora empieza la primavera y está atravesando una de sus temporadas en el infierno. Sólo con letras, como con sólo pastillas, la verdad es que se puede arreglar bastante poco. Pero si esto contribuye algo – y tú sabes quien eres-, ¡animo, tío!.

Es muy jodido, pero tienes que salir –una vez más- de ese pozo.

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