De periodista infiltrada a tocaya de Al Gore, por @albertina_navas

La foto de Albert y Albertina, tomada en el momento exacto por Diego Anchundia

albertina@albertina-navas.info

24 de octubre, 2003. Como una niña de escuela, me preparé para mi primer día de trabajo en la Redacción de Revista Líderes, en Guayaquil. Solo me faltaba la manzanita para la profesora. Me moría de la emoción de conocer a mis nuevos compañeros periodistas y no veía la hora de llegar a aquella oficina, de la que tanto me habían hablado, por su amplio ventanal con vista al Río Guayas.

Tan pronto llegué, fui a saludar a la Jefa (de aquel entonces), casi esperando que me recibiera con una estrellita de buena conducta. Nada que ver. Lo que recibí fue una instrucción tan áspera, que más parecía un castigo tipo orejas de burro: "¡A cubrir la conferencia de Al Gore en el Oro Verde!". Ni un saludo ni una introducción a los colegas ni siquiera un tour por la famosa oficina. Nada. Con temor pregunté: ¿Y dónde es el Oro Verde?  "¡Sal a la calle y pregunta!"... más que bienvenida fue un shock...

Preguntando, preguntando (y pagando tres veces más de lo que debía), llegué. Al Gore era, efectivamente, la cereza del pastel de un evento llamado Success, claves de éxitoque reunía a personalidades y celebridades de distintas disciplinas, como el periodista Jaime Bayly, el motivador Carlos Páez, entre otros. La primera advertencia en la mesa de registro fue: "Nadie se puede acercar a Al Gore".

Ni modo. Escuché su hora de conferencia sobre éxito, mientras yo pensaba que mi primera asignación periodística en Guayaquil estaba siendo un éxito. Me imaginaba volver a la Redacción, sentarme a escribir la nota y listo. De pronto, ¡ring! Era el Editor de Líderes en Quito: "Albertina, hay que hablar con Al Gore" Traté de explicarle que no se podía. Me cortó. "Haga lo que tenga que hacer, mientras sea legal, pero hay que hablar con Al Gore, aunque sea dos minutos, aunque sea una pregunta". Pero... "Que su próxima llamada sean buenas noticias". Y cerró.

¿Y ahora? Una de las cláusulas del contrato de Al Gore era evitar el contacto con la prensa. Tenía todos los argumentos para que el Editor entendiera que era imposible. Pero lo posible hace cualquiera. Decidí que hablaría con Al Gore. El punto era ¿cómo lograrlo? Justo cuando daba vueltas al asunto, se acercó Eduardo Maruri, en ese tiempo Presidente de la Cámara de Comercio de Guayaquil, y le dijo a su oficial de Relaciones Públicas: "Esta noche iremos con Al Gore al Club de la Unión, no quiero a ni un solo periodista ahí". Estuve el momento perfecto, en el lugar perfecto.



En 2003, Al Gore no era Nobel ni activista del cambio climático,
era más conocido como el 'casi' presidente de los Estados Unidos, luego vino esto...

Hello Mr. Gore, my name is Albertina

¿Cómo entrar al Club de la Unión, el lugar más exclusivo de Guayaquil, y sin entrada? Tenía unas horas para resolverlo. Para colmo de males, mi camión de la mudanza no llegó de Quito. Sin tiempo para ir de shopping y con el único vestido que llevaba en la maleta, a las 7:00 pm, en punto, estaba afuera del Club de la Unión con el fotógrafo, mi querido amigo Diego Anchundia, que camufló en su ropa la cámara, los lentes y el flash. ¿Cómo entrar? ¿Cómo entrar? ¿Cómo entrar? Pensábamos...

De pronto, vimos que se acercaba una pareja de altísima alcurnia guayaquileña, así que se me prendió el foco y le dije a Diego: "¡Sígame!". Me acerqué y los saludé como si fuéramos amigos de toda la vida, con una familiaridad y convicción tales que hasta les hice sentir mal de que 'no se acordaran de mí'. Pregunté por su familia y mientras les hacía la conversa, Diego y yo cruzamos la puerta muy campantes, sin que nadie se atreviera a pedirnos identificación, invitación ni nada.

Una vez dentro, abandonamos a los amigos y fuimos a la caza de Al Gore. ¡Lo vi! Mi primera impresión no tuvo nada de intelectual. ¡Qué guapo!, pensé, si hasta parecía Ken, el esposo de Barbie, la piel perfecta, los ojos perfectos, el cabello perfecto. Me acerqué con una dosis de inocencia y nerviosismo -y tremenda inexperiencia-, toqué su brazo y le dije: "Hello, Mr. Gore".

Se dio la vuelta y me sonrió (su sonrisa también era perfecta) y me preguntó: "What's your name?". Dije enseguida: "Albertina". ¡Y se armó el show! "No lo puedo creer", dijo sorprendidísimo. "Eres la primera Albertina que conozco en mi vida. Yo me llamo Albert, por eso me dicen Al, ¡somos tocayos!" Quedé desconcertada. Alzó la voz y pidió a los asistentes: "Tómenme una foto, es la foto de Albert y Albertina". Me cayeron miles de flashes, me sentí toda una celebridad en la alfombra roja.

Luego de mis 15 segundos de fama, vino la realidad: había quedado al descubierto y si no hablaba con él ese instante, iba a pasar de periodista infiltrada a periodista echada. Aprovechando la conexión Albert-Albertina, me identifiqué como periodista y le clavé a mi tocayo la pregunta: "Usted habló de claves de éxito esta mañana, sin embargo, perdió las elecciones. ¿Se considera exitoso?". Sonrió y me explicó que el no cumplir una meta no es un fracaso, "solo es parte del camino hacia el éxito".

Además, pude hacerle la pregunta en la que más insistió el Editor, sobre si seguiría o no en la política. Esperábamos un no rotundo, porque eso venía diciendo, pero respondió con ambigüedad: "Tendría que pensarlo". Eso era una primicia: 'Al Gore no descartaba alejarse de la política'. Y esto se confirmó unos días después cuando dio una declaración pública de apoyo al candidato demócrata Howard Dean. Una pregunta más y Eduardo Maruri lo rescató. Fue redondo. Accedimos a Al Gore, conseguimos una exclusiva, hubo tremenda adrenalina y un profundo aprendizaje.

Al día siguiente, la Jefa de Guayaquil me saludó y el Editor en Quito me buscó un espacio en la edición de domingo del diario, porque es la más leída. Fue mi primera nota firmada desde la Redacción Guayaquil. En este mundo del bizness, entendí que no se trata de cumplir órdenes, sino de asumir riesgos y enfrentar desafíos. Las hormiguitas obedientes son necesarias para la operación; pero los colaboradores empoderados, que hacen de una orden un reto personal, son los que hacen la diferencia. Y ver las cosas de una un otra manera es decisión propia.

Descargar nota publicada en Diario El Comercio, 26 de octubre, 2003
(con autorización de reproducción de Grupo El Comercio)

Enlaces de interés:

Sigue a Al Gore en Twitter @algore
Our Choice, su último libro, que tiene una fantástica aplicación para iPad
Calentamiento global, video en YouTube

Publicado por

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*