DE OTRO SIGLO, por Javier Astasio

Se me llevan los demonios cada vez que escucho, y, por desgracia, lo escucho demasiado, que Rajoy es un buen parlamentario, incluso brillante. La verdad, no lo entiendo ¿Acaso lo es porque de vez en cuando arranca carcajadas a sus hooligans, porque introduce, las más de las veces con calzador, citas presuntamente cultas en su discurso?
Más bien, Mariano Rajoy me parece un parlamentario de otro siglo, no precisamente del XX, sino del XIX, y me lo parece, porque, en mi opinión y siendo generoso, no ve más allá del hemiciclo. Incluso, me atrevería a decir que no ve más allá de las bancadas de los suyos de los que espera la aprobación y las carcajadas que, como las risas enlatadas de las series televisivas, contribuyan a darle a su discurso el brillo y el ritmo de los que carece.
Para Rajoy el alcance de lo que dice no va más allá del salón de plenos, el sesgo de los telediarios de la Primera o las portadas de dos o tres diarios amigos, convenientemente retorcidas y consensuadas. A Rajoy, la realidad se la trae al fresco. A Rajoy, en absoluto le importa mentir cuantas veces lo crea conveniente. Lo ha venido demostrando una y otra vez, aunque su galleguismo le lleve a rematar sus mentiras con la ambigüedad de un "o no" o un "salvo algunas cosas" o su torpeza congénita le empuje a revelar, como ayer hizo con la fecha de la firma del esperado acuerdo de paz en Colombia, secretos y confidencias.
Rajoy es un político del XIX, quizá por haberse criado en el ambiente provinciano de Pontevedra, en el que su padre era toda una autoridad, como lo es el presidente de su Audiencia. Rajoy, registrador de la propiedad por oposición, es un personaje de otro siglo que parece no haber entendido que, hoy, la realidad no se puede ahogar en la tinta de los titulares de un periódico, que parece no enterarse de que, si la mentira ha tenido siempre las patas muy cortas, hoy apenas se arrastra unos metros antes de ser pisoteada por la contumacia de réplicas y desmentidos en las redes. No lo entiende ni le importa, porque a quien busca es a la gente de un solo telediario, a los asustadizos pensionistas y rentistas de esa mitad de España que se recuesta sobre la otra. No le importa, porque no necesita más para seguir donde está.
La verdad, es muy triste tener que decirlo, tener que reconocer que el político más votado en este país parece sacado de una novela de Galdós. Es muy triste, pero es así y, si esa es la realidad que tenemos, es porque nos la merecemos, porque también los españoles somos un poco del XIX, hijos de la prensa del XIX que conforma nuestras ideas, esclavos del egoísmo decimonónico, corto de miras y fatalista, egoísmo que no es muy distinto del de quienes nos representan, ávidos de nuestros votos no para resolver nuestros problemas, sino para perpetuarse con ellos en el poder y, desde allí, esforzarse, no en cubrir nuestras necesidades, sino en cubrir lo que creen que son nuestras necesidades, pero a mayor gloria, siempre, de sí mismos.
Tenemos al frente del gobierno a un personaje decimonónico del que dicen que un puro y el MARCA le bastan para ser feliz. Pero no. No nos dejemos engañar. Rajoy es uno de los personajes más ambiciosos que han pasado por la política española. Más ambicioso aún que Aznar, para el que fue imprescindible organizando y costeando sus campañas electorales y financiando, a base de sobres marrones y cajas de puros, al partido y a sus líderes.
Rajoy, insisto, es un político de otro siglo, un usurero de Dickens que, como su personaje, míster Scrooge, no cree en la Navidad y está dispuesto a amargársela y amargárnosla, aunque quien sabe si sus retorcidos planes contemplan una victoria por mayoría absoluta con una abstención descomunal, forzada por el tedio o los compromisos familiares o por el nefasto funcionamiento del voto por correo.

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