De las chicas de oro, Carl Fredricksen y el hotel Marigold, por Gabriel Merino

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“These foolish things” es el título del libro en el que se basa la entrañable peli que he visto este fin de semana, una vez más –empieza a ser un tema recurrente en el cine y en los libros- basada en las andanzas, miedos, recuerdos, esperanzas y exiguas compensaciones que les devuelve la vida a los mayores después de haberles entregado ellos prácticamente todo a la vida. Todos los viejos, que ahora son arrugados, canosos, pesados, feotes, desdentados y la mayor parte de las veces un poco gruñones, han sido jóvenes también.  Y muchos de ellos guapos, enamorados, con iniciativas, idealistas, emprendedores, currantes, ilusionados, ahorradores… Uno se empieza a hacer viejo cuando no entiende del todo o no le gusta el presente y cuando empieza a pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor” o que “esto en mis tiempos no se hacía”.  En mayor o menor medida, siempre que alcancemos la edad suficiente, nos terminará pasando a todos.

 

Siete viejos ingleses –por agobio, rutina, viudez, falta de recursos o necesidad de cambio- resuelven ir a pasar su edad dorada a un hotel de la India –“como la Costa Brava, pero con elefantes”, llega a aventurar al comienzo uno de ellos- porque su jubilación en Inglaterra no les da para vivir digna o tranquilamente el final –el “ocaso”, dicen las agencias de seguros finas- que ellos hubieran merecido.  Ya Carl Friedricksen, el viejito de “Up” también decidía desarraigar su casa de sus cimientos para volar al lugar en selvas lejanas con el que soñó con su Ellie desde que eran niños.  Y por cojones. Es que si no, las constructoras se la hubieran echado abajo con fotos, cachivaches y recuerdos sin respeto ni piedad. Lejos quedan ya aquellas jubilaciones de casoplón en Florida de “las chicas de oro” con cenas en restaurantes con velas, descapotables y jardineros mazaos. Los viejos del siglo XXI ven que el trabajo de su vida se lo han comido las primas, las burbujas inmobiliarias, el IBEX , especuladores o algún político neoliberal que invirtió su cotización de cada mes en negocios de altisima rentabilidad y riesgo por lo que ahora no tiene con qué devolvérsela.  Échale un galgo al político, pero el viejo sigue ahí.

 

Me ha encantado ver a Maggie Smith, a Judi Dench, a Wilkinson, a Nighy en una película de arrugas, sillas de ruedas y reúmas llena de vida, de proyectos y de esperanzas. Como me gustaron la Davis y Lilian Gish en “Las ballenas de agosto” . O como veíamos que en “Tomates Verdes Fritos” Jessica Tandy había sido de joven una briosa Ninny con la cara de Mary Stuart Masterson. O ver a la misma Tandy en “Miss Daisy” o “Cocoon”, o a Katherine Hepburn y Henry Fonda  en el estanque dorado. Esas pelis de viejos me dan marcha. Y más ante el futuro que les hacen plantearse los gobiernos neoliberales. Antes que terminar como el jubilado desesperado que se pegó un tiro en la plaza Syntagma, creo que los viejos en Europa y en muchos más sitios van a tener mucho, mucho que decir. Y que decidir.

 

Como decían en la peli de ayer: “Estará terminado al final. Y si no está terminado, es que no ha llegado el final”. Esa es la idea.

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