DE ESFÍNTERES Y REJAS, por Javier Astasio


No creo que los labios, demasiado complejos para serlo, puedan considerarse esfínteres. Aun así, pido licencia para hacerlos, puesto que, a veces, la ansiedad, el miedo o los excesos los hacen equiparables a otros músculos circulares que el apremio o las necesidades se encargan de relajar por más que sus propietarios se empeñen en cerrarlos. Lo cierto es que en estos últimos días una epidemia de algo parecido al miedo se ha desatado en unos cuantos investigados en la investigación de la trama Gürtel valenciana, miedo, si no pavor, a dar con sus huesos en prisión, algo poco prometedor para quien acostumbra a recibir en su yate, lucir trajes de corte impecable o consultar la hora en relojes que ni con el salario de toda una vida podrían pagarse otros.
El miedo y, si no el miedo, la necesidad de asumir la realidad que está a punto de caer sobre ellos ha soltado la boca de algunos empresarios valencianos poco o nada deseosos de envejecer en prisión, por cómoda que sea la que cárcel elegida, de ver crecer a sus hijos o sus nietos desde detrás de unas rejas, sobre todo teniéndolo todo y acostumbrados a "timarse" con los representantes del poder, a los que, de alguna manera, han tenido hasta hace bien poco en nómina,
El primero en abrirse al juez De la Mata fue el empresario Enrique Ortiz, el que guardaba en su yate las chanclas de la alcaldesa de Alicante, Sonia Castedo, con la que compartía copas y excursiones y con la que diseñaba o corregía a su gusto el futuro de algunas zonas de la ciudad. A Enrique Ortiz le han debido parecer demasiados los años de castigo que le esperaban y demasiadas las evidencias que habría contra él, especialmente sus sonrojantes conversaciones con la alcaldesa y, quizá por ello, ha decidido "hacer negocios", esta vez con la justicia, cambiando su colaboración por indulgencia.
Las rejas separan y hay quien las pone, por ejemplo, en sus ventanas, para separase del mundo que ve como amenaza, pero también las pone la sociedad para proteger a los de afuera de quienes considera una amenaza probada contra ella. Y para esta gente, acostumbrada a dar órdenes, verse los próximos años detrás de una reja sometido a unas reglas, compartiendo intimidad con desconocidos no debe ser plato de gusto.
Tampoco a Ricardo Costa, el dandi del PP valenciano, secretario general del partido en tiempos de Francisco Camps y hermano de "la mano derecha" de Rato en su etapa de ministro de Aznar, parece seducirle el panorama, Por eso ahora, viéndose ante la perspectiva de años de cárcel y sintiéndose quizá abandonado por aquellos a quienes tan bien y tan generosamente había servido, llenándoles de fieles y banderitas las plazas de toros y las explanadas de puertos deportivos y, de paso, también las urnas de los votos necesarios para sus mayorías.
Tan poco le gustan una y otra cosa, la perspectiva de la cárcel y el olvido de los suyos que, ni corto ni perezoso, se ha sentado ante el teclado y ha redactado un largo escrito en el que detalla al juez Costa los mecanismos de financiación del partido en Valencia, exculpándose de una responsabilidad que dice no haber tenido en los años investigados y descargando las culpas sobre la dirección nacional del PP, a cuya flor y nata pide tomar declaración. Ricardo Costa ha decidido dar rienda suelta a sus labios, supongo que porque no quiere "comerse" en solitario "marrones" que no son sólo suyos y, al hacerlo, ha hecho temblar los cimientos del partido al que tan fielmente ha servido, más, cuando lo que toca ahora son unas elecciones, otras, en las que lo peor que puede ocurrirle a Rajoy es verse más en entredicho, si cabe.
Si, acogiéndonos a la licencia, damos por bueno que los labios ejercen como esfínter, la relajación de los de Costa y los empresarios, cansados de callar ante lo evidente, puede desatar la de los personajes aludidos por uno y otros. Lo que me temo es que, cuando la justicia alcance a quien debería alcanzar y ante la posibilidad de verse entre rejas, los esfínteres que se van a relajar van a ser otros. Y, si es así, podemos pasar de escuchar "solos" a asistir a verdaderas obras corales.

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