Dar la vuelta a la tortilla, por Javier Astasio


Resulta muy enternecedor ver el interés que se han tomado los medios de comunicación de este país, especialmente algunos, en escrutar el pasado, las relaciones personales, los trabajos y los ingresos de los miembros, ya dirigentes por elección directa de noventa mil militantes, de Podemos. Cuánto me hubiera gustado que ese interés se hubiese extendido a otros partidos, aunque sólo fuese a los de más dudosa honestidad. Pero no, con esos se reúnen a comer y a tomar copas, se dejan intoxicar y, a veces les llevan a sus tertulias a lucir su gomina y su verbo chabacano.
Y cuando todo falla, cuando es poco o nada lo que se puede esgrimir en contra de los responsables del fenómeno sociopolítico más lógico y, paradójicamente, más sorprendente que de cuantos han visto la luz en este país, se recurre a acusarles de falta de experiencia o, incluso, de no ser más que un grupo de amiguetes de facultad, de profesorcillos entusiastas a los que se les va a caer encima el estado cuando comiencen a asumir responsabilidades tras las elecciones.
Curiosamente, si algo han demostrado en estos escasos ocho meses que llevan en activo es que les sobra prudencia, ya que todos los pasos dados por Podemos, aún a sabiendas del entusiasmo que despiertan en un electorado cansado de tanta decepción y de tanto "compañero" enriquecido, han sido cautos y suficientemente respaldados por la opinión generalizada de una militancia, no por selecta menos transversal y representativa que la de cualquier partido mayoritario que se tenga por tal.
Y es precisamente eso lo que exaspera a los editorialistas de todos esos periódicos que no supieron o no quisieron avisarnos de que nos la estaban dando con las preferentes, los que callaron mientras a Florentino Pérez se le extendía, lo hizo Zapatero, una quiniela con los catorce resultados acertados -el proyecto Castor- que acaba de cobrar ahora, a la velocidad de rayo, con un gobierno del PP. Lo que les pone de los nervios es que de la noche a la mañana van a perder toda la influencia atesorada a lo largo de todos estos años de democracia en los que, en lugar emplearse a fondo en su defensa, se han dedicado a justificar, maquillar o, directamente, tapar los graves atentados contra la misma de unos y otros partidos.
Todos estos medios que, por qué no admitirlo, trataron de emplear a Podemos o, en todo caso, a su ya secretario general, Pablo Iglesias, como cuña contra los socialistas en las últimas elecciones europeas, se sorprendieron de sus resultados, porque no supieron ver, como no supieron ver el 15-M, que el hoy ya partido es el canal a través se encauza y se refuerza todo el poder que los ciudadanos, sin saberlo, tienen en sus manos y que, lamentablemente, hasta ahora se dilapidaba en abstenciones exquisitas y votos en blanco.
No lo han sabido ver y por eso están asustados, porque no tienen una alternativa que ofrecer, porque el nivel de podredumbre es tan grande en los partidos tradicionales, la corrupción está tan extendida y tan arraigada en ellos que casi todos los nuevos líderes tienen un pasado que les hipoteca, que les ha congelado la conciencia hasta el punto de haber dinamitado uno tras otro todos sus principios. Por eso recurren a la falta idea de que son poco menos que unos pipiolos sin experiencia, que son una panda de amiguetes que se reúnen a tomar cañas y, como se aburren, han parido Podemos.
Se equivocan. Yo, por suerte o por desgracia, vi renacer la democracia en este país y vi la ilusión con que la gente la recibía. También he asistido más o menos conscientemente a su erosión por parte de quienes se erigieron en sus paladines, hasta el punto de que, como decía Alfonso Guerra de España, ya no la conoce ni la madre que la parió.
Hace unos días, charlaba con una amiga, militante del PSOE, que me insistía en todo esto, en la tan manida inexperiencia de Podemos, en limitar su origen a los pasillos de una facultad. Yo, entonces, recordé y le recordé la famosa "foto de la tortilla", en la que Felipe González, Alfonso Guerra, Luis Yánez, Manuel Chaves y otros cuantos socialistas hoy históricos, entonces pipiolos, compartieron merienda e ideas en un pinar sevillano.
Aquella tortilla tan ilusionante entonces se ha quemado por uno de sus lados de tantos años en la sartén y creo que ahora es el momento de darle la vuelta para salvarla.


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