Cuestión de clases, por Javier Astasio


Circulan por la red notas más o menos serias y, cómo no, chascarrillos dedicados a la penosa decisión de algunas consejerías de educación por la cual en las escuelas e institutos se cobrará a los alumnos que lleven el almuerzo de casa una cuota por los gastos de electricidad, limpieza o monitor que se hagan durante la comida.
Así, de pronto, me viene a la memoria aquella historia -entonces no le llamábamos monólogo- de Gila en la que discutía con el director de su colegio el recibo de la mensualidad de su hijo. En aquel recibo, se le cobraba el desgaste del patio y nos reíamos. Ahora se plantea una cosa parecida y, sin embargo, nos cabreamos, por no decir que, algunos, lloramos.
Yo, por ejemplo, lloro porque, sin que nos dejen darnos cuenta, nos están privando de u elemento homogeneizador de nuestras escuelas: la comida igual para todos los niños. Esa comida que, como recordaba hace poco una sindicalista de la enseñanza, es, en muchas ocasiones, la única decente que algunos niños, cada vez más, hacen al día. Lloro también, porque volverán a la escuela las clases, las categorías, las diferencias entre los hijos de padres que tienen aún trabajo y los que no, las de quienes comen "de menú" y quienes se traen la tartera, las de quienes comen de sobras y las que comen sopas, potajes y tortillas recién hechos, las que hay entre quienes comen caliente y los que apenas traen en su mochila un bocadillo envuelto en papel, plástico o aluminio, las que hay entre quienes lo traen de chopped o mortadela y los que "gastan" jamón del bueno, las que hay entre quienes traen postre y quienes no y, por último, las que existen, terribles, entre quienes traen o reciben comida y quiénes no.
Es terrible, pero es así. Yo iba a un colegio del barrio, sin lujos, pero eficaz y, como lo tenía al lado de casa, nunca tuve que comer en él. Lo de la diferencia de clases a la hora de comer lo viví de manera consciente ya en la universidad, cuando en la cafetería de la facultad, loa alumnos podíamos elegir entre comer el menú, los bocatas del mostrador o conformarnos con el bocata o la tartera fría traída de casa y consumida de manera más o menso clandestina en algún rincón de la cafetería, aunque también los había que, con las llaves del coche en la mano, se marchaban a comer a cualquier restaurante o cafetería "fina" de Argüelles: toda una panoplia de los hijos de las diferentes clases sociales que accedían a la universidad.
El comedor escolar, como la mili, tenían la virtud´-alguna tenía que tener- de que igualaba más o menos a los obreros y los universitarios a la hora del almuerzo, algo que hemos perdido y que estos señores que nos gobiernan parecen empeñados en que pierdan nuestros hijos. Menos mal que el hambre agudiza el ingenio y más de un niño rico perderá su almuerzo a manos de otro más pobre o más necesitado, mediante hurto o engaño. Será la venganza de los pobres, la justicia redistributiva, aunque, a lo peor, fomentamos la aparición de nuevos mariosconde, correas o “bigotes”. En fin, la vida misma.


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