Cuentos -pasados- del futuro, por Gabriel Merino

Pues en aerodeslizadores no vamos.

Cuando yo era chaval, en los 70 más o menos, el mundo futuro que nos imaginábamos –“Año dos mil, llega el año dos mil y el milenio traerá” cantaba Miguel Ríos ya en los ochenta- estaba trufado de una poética de ciencia ficción que nos auguraba algo a medio camino entre el mundo feliz de Huxley y los supersónicos.

Yo he crecido con fábulas de ciencia ficción como el planeta de los simios, 1984, los replicantes y los blade runner, lo de 2001 la odisea del espacio, la guerra de las galaxias, Dune o la fuga de Logan, además de los mencionados supersónicos. Cuando faltaban más o menos 30 años para el año 2000, los niños de la segunda mitad del siglo XX nos imaginábamos cosas que efectivamente ahora existen, como usar en cualquier sitio un teléfono sin hilos, hablar con los amigos por  videoconferencia o tener cada uno una computadora en casa. También pensábamos que comeríamos con pastillas y que iríamos de fin de semana a la luna, usaríamos ropa plateada y todas las ciudades serían del tipo de Brasilia.

De aquellas fabulas futuristas infantiles se han cumplido muchos presupuestos, algunos de forma abrumadora. No hemos tenido el contacto de Jodie Foster ni ha llegado Godzilla -a pesar de Fukushima- ni ET ni los ewoks, eso es verdad. Pero incluso remontándose a Tomas Moro o a Jonathan Swift o Verne, hay cienciaficciones que, en lo político, en lo filosófico y en lo de a pie de calle, lo han clavado. No, no tenemos los robots ni las leyes robóticas de Asimov pero ya tenemos aquí al gran hermano, los ministerios, el doblepensar, los proles, la reescritura del pasado inmediato y la neolengua de Orwell. La estatua de la libertad no está hundida en una playa, pero hay estructuras políticas aparentemente copadas por un establishment de simios feroces que rehúyen sistemáticamente las teorías científicas de sus doctoras Ciras. No vivimos en casas suspendidas como setas en el aire como Super, Ultra, , Lucero y Cometín Sónico, pero los jefes de empresa cada vez se parecen más al señor Júpiter – la verdad es que parecen ser así desde tiempos del señor Rajuela, de los Picapiedra-. Mi peli favorita, Blade Runner, se equivocó de parte a parte en la continuidad de emporios como Atari, Pan-Am, Bell o Cuisinart, pero no en las pymes de distribución de las grandes ciudades, dominadas por los chinos, ni en esa localización por estratos de las castas que viven en las urbes. Por supuesto, Darth Vader no existe como tal, pero sí hay senados amordazados por emperadores siniestros contra los que sólo se oponen algunos  jedis vestidos de perroflauta o friki, con ropa de arpillera y la coletilla.

Lo que me sorprende precisamente de las fábulas futuristas que consumía de chaval es que había pocos jóvenes: había científicos robóticos casi en edad de prejubilación, horrorosos Goldsteins más malos que el fantasma de Trostki, replicantes de edad indeterminada al borde de una muerte a lo Jim Morrison -aunque no llevaran impresa en el circuito integrado la fecha de caducidad-, castas imperiales casi medievales con golas, tocados y complementos que harían las delicias de Lady Gaga, ordenadores Hal comidos por sus propios troyanos pero, sobre todo, había una masa de extras amorfa que discurría por esa historia del futuro prácticamente sin cara: sin votar, opinar y mucho menos pensar. Era un futuro de consumir si podías, de sobrevivir si te dejaban y de sólo poder ver cosas inimaginables si te ibas más allá de Tannhäuser.

En fín. Que entonces los jóvenes éramos nosotros y que ahora… ya hemos llegado.

 

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- Blog del autor: A mí me obligaron

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