Cuéntame un cuento, por Javier Astasio

Me he visto obligado a hablar de ello tantas veces que podría llegar a creer que es una obsesión mía, poro qué está pasando en este país, para que los medios de comunicación dediquen más espacio y mejor al encuentro, que en realidad apenas fue un paseíllo protocolario, entre Obama y Rajoy que a los problemas de la banca española o la huelga convocada para mañana.
 
Tal parece que estén empeñados en hacernos ver la realidad a través del cristal, rosa, de la prensa del corazón, en lugar de mostrarnos esa realidad tal y como es, con todas sus aristas, para que sepamos a qué atenernos, podamos esquivar esas aristas y, también, caminar por ella.

¿Cómo es posible que nos den, convenientemente filtrado por Presidencia del Gobierno, los pelos y señales de una insulsa conversación sobre los progresos idiomáticos de las hijas de Obama o los hijos de Rajoy? ¿Cómo?

Sólo se me ocurre una razón: que convenga más tenernos entretenidos en tal gilipollez que debatiendo sobre la inconstitucionalidad de una ley que permite hacer a los empresarios lo que hasta ahora les estaba prohibido, despedir, o al menos amenazar, a los trabajadores que secunden la huelga. También, para que no, que no caigamos en la cuenta de que la banca española está podrida y que es ella la que se está comiendo los ahorros del país, públicos y privados. Una banca cuya patronal se permite arremeter contra la huelga, mientras destina a su agujero, como quién echa agua en un cesto, cada euro que, desde las arcas públicas o desde el calcetín de los ahorros de alguno de sus clientes.

Y qué decir del presupuestazo que nos va a caer el viernes, apenas unas horas después de que la huella concluya, con un 15 % de recortes, tres más de la ya dolorosa previsión del 12, destinados en su mayor parte a dar de comer a los insaciables mercados. Todo ello, mientras la estrategia de Don Tancredo Rajoy se deshace como un azucarillo en un vaso, sin que parezca que haya nadie dispuesto a criticarla.
Una vez más, desde el Gobierno, nos duermen con cuentos, mientras los palmeros de la prensa, que cada vez son más, se limitan a seguir el compás, en lugar de despertarnos, abriéndonos los ojos a la realidad.


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