Cuando los empresarios lloran, por Javier Astasio


Tengo una amiga que se ocupa de la difícil tarea de ayudar a buscar trabajo a aquellos que más difícil lo tienen, aquellos que o están a punto de perder pie en esta sociedad o quienes, después de años perdidos fuera de ella, han llegado por fin a la orilla y quieren ponerse en pie.
Uno de los cometidos de mi amiga, y una de sus habilidades, consiste en tratar con pequeños empresarios y jefes de personal de grandes empresas dispuestos a echar una mano en el difícil rescate que le ocupa y "llevarse bien" con ellos.
Os puedo asegurar que mi amiga es optimista y valiente. De no serlo, difícilmente podría ocuparse en lo que se ocupa. Además, procura que su trabajo no empape demasiado su propia vida. Sin embargo, hay días en que la realidad se instala en su rostro y se hace imposible no entender, no percatarse de que esa dura realidad en que se mueve le ha salpicado de lleno el alma.
Ayer fue uno de esos días. Cuando la vi, la note absorta y triste, sospechosamente silenciosa, ella que no lo es, y cansada. Al cabo de unos minutos me contó muy triste, casi al borde de las lágrimas, que esa mañana había visto con algunos de esos empresarios de los que os hablo y que los había visto llorar, no lágrimas metafóricas, ni las lágrimas de cocodrilo de quienes se quejan "de vicio", porque también los hay. No. Lloraban con lágrimas de tristeza, desesperación y miedo. Miedo a un futuro que, después de echar abajo sus sueños, puede ponerles de nuevo en la línea de salida a la búsqueda de un empleo, pero arrastrando un saco lleno de desventajas como la de una edad difícil o un exceso de conocimientos para quedarse en simple mano de obra.
Mi amiga visitó, por ejemplo, a dos hermanas que lo habían puesto todo: ahorros, conocimientos y entusiasmo en la creación de residencias para ancianos y que, ahora, se están comiendo los ahorros y trabajando con la luz justa y el aire acondicionado apagado, porque la administración no les paga desde hace meses y lo primero es hacer frente a las nóminas y salvaguardar el bienestar de los ancianos, a los que ninguna de las dos cosas, luz y aire acondicionado, puede faltarles.
Es el sueño de su vida que se desmorona ante sus ojos, como se desmoronan a su alrededor el del pariente arquitecto trabajando de peón o el del ingeniero que vive de repartir pollos con una furgoneta.
No le fue mejor a mi amiga en su visita a una multinacional instalada en la zona cuyo propietario, aprovechando la situación en una maniobra demasiado habitual, desgraciadamente, exige ahora más ayudas, con la amenaza de irse a otra parte. Allí, uno de los responsables del departamento de personal lloró también, viendo que el cierre de la empresa no queda tan lejos y que, después de treinta años de trabajo, el paracaídas que era hace sólo unos meses la indemnización, podría verse reducido a unos pocos miles de euros que apenas le darían para "ir tirando" unos meses.
Eso por no hablar de las historias que nos asaltan con sólo "poner la oreja" en el bar o el autobús. Pequeñas empresas que se han visto a rebajar a la mitad su plantilla, en la que el propietario recibe apenas un sueldo, a cambio de su trabajo, su inversión y su cartera de clientes, Algo que también está pasando en el comercio tradicional refugio de quienes han podido invertir sus pequeños ahorros y que, de un tiempo a esta parte, después de descontar alquiler, luz, contribución y demás impuestos, apenas "sacan" un sueldo de supervivencia.
Está pasando. En este país los empresarios lloran, porque también ellos son víctimas de la crisis, porque, en chonta de lo que nos quieren hacer creer desde el Gobierno, los empresarios no sólo son esos "emprendedores" de diseño que se inventó Jacques Delors, ni esos roselles o diazferranes que tienen asida la sartén por el mango y, cuando pintan bastos, se la llevan a Suiza.


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