Cruzar la línea, por Javier Astasio

Vaya por delante que en modo alguno trato de justificar lo sucedido ayer en León, ni mucho menos, porque nunca habrá nada que justifique la muerte de un ser humano indefenso a manos de otro ser humano. Lo que pretendo es, nada más y nada menos, que explicarme tamaña barbaridad, y más ahora que, por fortuna, parece que quienes nos representan, están a salvo de las acciones terroristas organizadas. De hecho, desde que supe ayer del asesinato, no he hecho otra cosa que darle vueltas a lo sucedido a la búsqueda de algo que le diese un sentido, por más que éste fuese equivocado.
Descartada ETA, me puse a pensar en ese oscuro grupo terrorista, más una secta que una banda, que son los GRAPO, con raíces en Galicia y León, sobre todo por su carácter incontrolado, pero la contundencia con que la Policía descartaba desde el principio el móvil terrorista, daba a entender que ya sabían, si no el móvil del asesinato, sí que éste no era en absoluto el terrorismo. Por qué entonces. Repasando la biografía de Isabel Carrasco que facilitaban los medios, reparé en que había sido consejera de Caja España. Por eso, yo que he vivido la angustia felizmente solucionada de haber visto atrapados gran parte de mis ahorros en preferentes por otra caja, Caja Madrid, pensé en algún ciudadano, desesperado y sin futuro, que hubiese decidido concentrar su furia en la presidenta de la Diputación y tomarse lo que ella entendería por justicia por su mano.
Llegué a comentar esa hipótesis con amigos y, la verdad, no se extrañaron mucho de que hubiese podido ser esa la causa, pero, cuando, al salir de un acto en el que tuve que desconectar el móvil, busqué información en la red, supe que no era esa la causa, pero que, de alguna manera, podía ir en paralelo con la causa que yo imaginaba, porque, de confirmarse la hipótesis que barajan los investigadores, el móvil de la mujer que disparó contra Carrasco -aún no está claro si la autora material del crimen fue la madre o la hija- hay que buscarlo en una decisión de la víctima que ambas consideraron injusta: el despido de la hija, primero, y el posterior incumplimiento de la indemnización correspondiente por parte de la Diputación.
Todo se complica al saber que las detenidas y la víctima, todas militantes del PP leonés, se conocían, del mismo modo que el hecho de que las detenidas fuesen la esposa y la hija del inspector jefe de la Policía en Astorga. Aunque este último dato daría cuenta de la facilidad con que accedieron a la pistola con que fue asesinada Carrasco. Más desconcertante resulta que dos mujeres adultas coincidan en llevar a cabo una acción tan absurda e inútil como la que acometieron. Tan desconcertante y tan determinante que hará inútil cualquier intento de alegar un arrebato momentáneo para justificar el crimen.
Antes de seguir adelante os he de confesar que he imaginado muchas veces lo ocurrido, que he visto la rabia, el dolor y el miedo al futuro en tantos y tantos jubilados, despojados de lo que habían ahorrado con tanto esfuerzo para, después de tantos años, descansar al fin. Lo difícil era encajar la frialdad con la que, al parecer, se cometió el crimen y, sobre todo, el acceso al arma, porque, afortunadamente, éste no es un país en el que abunden las armas y, si las hay, son las escandalosas armas de caza que proliferan en el medio rural.
En fin, nada justifica lo que pasó ayer, aunque la sensación, aunque sea irreal, de haber sido víctima de una injusticia, pero algunas circunstancias podrían, con esfuerzo, explicarlo. En estos terribles años de cenizas, estos años en que se nos ha ido despojando de todo lo que nos habían dicho que teníamos que poseer y merecíamos, de la casa, de los ahorros, de la felicidad. Todo ello me llevó a pensar que alguien ha arrojado a las tinieblas por alguna fría decisión había cruzado la línea. Esa línea que separa la felicidad de la desgracia, la esperanza, de un horrendo futuro.


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