Crónica del concierto de The Toy Dolls (La Riviera, Madrid, 09/05/2012), por @renacerelectric

The Toy Dolls es uno de los conjuntos más longevos en cuanto a música e irreverencia punk se refiere. Fundados en 1979 poseen poco más de once álbumes oficiales en estudio –si descartamos las obras compilatorias–, además de varios directos. Aun así, ¿se les puede catalogar cual banda de culto? Por supuesto. Atendamos primero al siguiente dato: al intentar adquirir material en CD del trío, y al entrar en un portal especializado en venta de trabajos en larga duración como es Discópolis.com, sólo se hallará en su base de datos cual material disponible el último disco de los británicos (The Album After The Last One); el resto son lanzamientos compilatorios o de rarezas. Entrar en Spotify no es mucho más alentador: únicamente los LPs A Far Out Disc, Idle Gossip y un doble recopilatorio. Escasísimo material a disposición de la parroquia Doll para tamaño fanatismo. Y es que ver al público de esta agrupación es congratularse con la labor de cazatesoros sedientos de nuevos retos en pos de encontrar todas las cachondas gemas editadas. Mayores o jóvenes, vieja guardia de cresta orgullosa o neo punks, todos a una corean canción a canción, estrofa tras estrofa. Todos conocen las letras de “Dirty Doreen”, “Ashbrooke Launderette” o “I Caught It From Camilla”.

Michael “Olga” Algar llegaba a La Riviera con el bajista Tommy Goober y el baterista The Amazing Mr. Duncan no únicamente para presentar su aclamado álbum de este 2012; como en cada show del nuevo milenio, concierto tras concierto lo que logran los Toy Dolls es homenajearse a sí mismos y hacer un gran regalo a sus fieles. Cómo, te preguntarás. Sencillísimo: entrando en tromba en el desván del pasado para pescar las más insólitas piezas de su discografía. “Cloughy Is A Bootboy” y “Bitten By A Bed Bug!”, de los discos Wakey Wakey y Fat Bob’s Feet, respectivamente, iniciaron la noche y nos hicieron recordar las razones por las que se convirtieron en el grupo más trotón e hilarante a este lado Sunderland. De su The Album After The Last One poco se pudo escuchar a excepción de "Credit Crunch Christmas”, “Dirty Doreen” y “Decca’s Drinkin’ Dilemma”, el corte en el que los coros cantados por la banda, cual hinchada desde la grada, piden a Decca que deje de cogerse unas curdas tan descomunales.

Antes de “Spiders In The Dressing Room” Olga aplastó una araña imaginaria apoyado por el sonido del bombo de Duncan Redmonds, gesto desternillante que se vería unos minutos después complementado con la frase «ahora vamos a tocar una nueva», seguida por la ejecución de “Nellie The Elephant”. La historia de la elefanta inteligente Nellie tiene ya sus buenos años a las espaldas, pues fue en 1956 cuando Ralph Butler y Peter Hart la compusieron para Mandy Miller. Desde entonces, no sólo The Toy Dolls la han grabado como versión –y en diversas ocasiones–, ya que también lo hicieron los deliciosos psicodélicos de Dragibus, Mary Carpenter o Dave Benson, por dar tres nombres cada uno en las antípodas de su predecesor.

“Dougy Giro” –¿alguien recuerda el cover que hicieron los nacionales The Refrescos en su día titulándola “Superman III”?– todavía entró en el primer tercio de actuación, teniendo la siguiente parte del camino tonadas para refrescarnos como “My Girlfriend's Dad's A Vicar”, “The Sphinx Stinks” –«la esfinge apesta, la esfinge apesta en El Caiiiiiiro»– u “Olga... I Cannot”. Hubo gigante botella hinchable de Lambrusco de la cual salía festivo confeti, al igual que escondía los caldos de “The Lambrusco Kid”. Por cierto, antes hablaba de versiones, ¿alguna más? Claro, el “Toccata In Dm” de Johann Sebastian Bach, aquel “Wipe Out” que popularizaron en 1963 The Surfaris o “When The Saints Go Marching In”, el himno gospel que los Toy Dolls pasan de revoluciones para arrancar los bises. Y qué decir de esta parte tan característica de todo concierto que se precie de serlo: impecable su estructura en dos tantas. “Glenda And The Test Tube Baby”, “Dig That Groove Baby” y “She Goes To Finos”. Casi nada, ¿verdad?

Imparables, con un Tommy frenético, siempre sonriente, y con ese Olga que, todavía nacido en 1962, sigue pareciendo aquel enjuto chaval de sus comienzos. “Alec's Gone”, “Harry Cross”, “Idle Gossip”, y así hasta casi treinta composiciones desgranadas sobre las tablas de La Riviera. Los que hemos ido coleccionando cada uno de sus trabajos de forma religiosa, buscándolos en tiendas de importación, baratillos de segunda mano o contadas escapadas fuera de nuestro país, sabemos que valía la pena cada euro gastado; sobre todo si esas monedas se invertían en Algar y sus acompañantes, músicos que ofrecen por el mismo precio música inquebrantable y un bien entendido sentido del humor a la inglesa.

por Sergio Guillén
foto del Facebook oficial de The Toy Dolls

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