Cosecha de sangre y odio, por Javier Astasio



Me he pasado muchos años intentando entender el porqué de tanta saña de los israelíes contra un pueblo, el palestino, que tuvo la desgracia de ir a parar a lo que un día fue tierra judía y que Occidente, abrumado por la culpa de no haber querido o no haber podido evitar el holocausto o sus causas, les entregó, sin medir o, peor aún, midiendo las consecuencias de lo que hacía.
Fue entonces cuando, en contra del sentido común, casi como una operación militar más, se trasladó a la Palestina, entonces bajo administración británica, a una gran parte de los judíos supervivientes de los campos de exterminio nazi, que después de liberados se hacinaban en campos de refugiados. La presión de los lobbies judíos en el mundo forzó aquel error y el fanatismo del relativamente joven y agresivo sionismo lo lograron a costa de la riqueza y los territorios de los habitantes de lo que entonces y desde hacía siglos era Palestina.
Es evidente que aquellos judíos escapados del infierno tenían todo el derecho a la paz y a la felicidad, después de todo su sufrimiento, pero también lo es que no se puede quitar la tierra así como así a nadie. Y las consecuencias no se hicieron esperar, la convivencia se hizo imposible y los sionistas, con los medios y el entrenamiento se encargaron de hacerle insoportable la presencia a los británicos, ejerciendo con saña y sin escrúpulos el terrorismo que ahora que lo practican con sus misiles y sus tanques desde la impunidad que da saberse ese estado mimado capaz de decidir quién es el presidente de los Estados Unidos o la marcha de la economía del mundo.
Aquellos terroristas formaron el núcleo duro del futuro ejército israelí, el mismo que dinamita o bombardea hoy las casas de sus "vecinos" palestinos, sin importarle, como no le importó en aquel golpe definitivo de la voladura del Hotel Rey David, quién estaba dentro y con la coartada -también la usó ETA en el Hipercor de la Diagonal de Barcelona- de que se avisó para el desalojo, coartada que sigue vigente para los ataques selectivos a las viviendas de quienes, sin juicio de ningún tipo, han señalado como terroristas.
En eso ha quedado el estado de Israel, en un niño malcriado y pendenciero, cargado de juguetes mortíferos con los que aterrorizar literalmente a quienes no se sometan a su insolente tiranía. Me duele tener que decirlo, pero, desde hace ya tiempo, eliminados o desmotivados y ya conversos los líderes partidarios del entendimiento y la convivencia, como Isaac Rabin o Simón Peres, Israel se ha convertido en un matón que compra a sus soldados entre los judíos recién llegados de Rusia o Argentina o sus hijos,  a cambio de esas tierras que no son suyas y que son a la vez el premio para esos reclutas forzosos y un nuevo motivo de inseguridad que justifique nuevos asentamientos que, a su vez, atraerá a nuevos inmigrantes que serán nuevos reclutas, a los que se dará nuevos asentamientos y, así, hasta llegar al mar, pasando por encima de la sangre y los cadáveres de los palestinos.
Israel es un país próspero y más lo sería si gastase menos en provocar el dolor de sus vecinos. Y podía ser un país tranquilo si no estuviese gobernado por belicistas irredentos que tapan con sangre y pólvora toda su corrupción. Un país que sería imposible de imaginar en Occidente. Un país en estado de guerra permanente en el que la juventud se rebelaría como se rebeló en los Estados Unidos  contra la guerra de Vietnam, de no ser por esa perversa política de inmigración que llena sus cuarteles de jóvenes que hablan español o ruso y que, por desgracia y con el cobarde silencio de la mal llamada comunidad internacional, se ganan con el fusil en las manos la que, antes o después, acabará siendo su tierra.
Pero no acaba ahí la cosa. Nos hemos acostumbrado a hablar de la Ley del Talión, la que exige ojo por ojo y diente por diente, a la hora de la venganza, y, sin embargo, Israel se cobra dos o más ojos por cada ojo y dos o más dientes por cada diente. Lo peor es que parece algo calculado. Parece que quienes ordenan esas masacres que ya ni se molestan en justificar, tienen claro que cada víctima inocente, cada niño muerto bajo sus balas o sus bombas, será la simiente de la que surjan nuevos terroristas, dispuestos a dejar su vida en esa loca espiral de violencia. Esa espiral que justificaría a los ojos de quien no quiera ver otra cosa la existencia de ese ejército cruel que aparentemente mantiene la seguridad, pero, en realidad, siembra con sangre ajena la cosecha del futuro, una cosecha de odio y violencia, desgraciadamente justificados, que con el miedo que provoca llenará de votos intransigentes las urnas de Israel en las próximas elecciones.



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