Constructores modernos, por Gabriel Merino

http://amimeobligaron.blogspot.es/img/avinie.jpg 

¿Qué habrían dicho Alvar Aalto, Le Corbusier, Frank Lloyd Wright o Niemeyer -o, sin necesidad de ir tan lejos, Sáinz de Oiza- del techo de Las Ventas, las millonarias chapuzas valencianas de Calatrava, la seguridad de los accesos y salidas del Madrid Arena o los devastadores incendios del Windsor o el Palacio de los Deportes?. Reconozco que si tuviera que entrar hoy, lo haría con mucha más confianza en la catedral de León que en la de la Almudena...

Mis 48 para 49 años los he vivido en un país que ha construido a mansalva radiales, palacios de congresos, velódromos, estadios, carreteras, estaciones de ferrocarril de alta velocidad, ferias, barrios y paus enteros, malls, pabellones multiusos, ciudades de la cultura, de las ciencias o de la justicia, óperas, expos universales, cineplexes, infraestructuras olimpicas, puertos, espigones, aeropuertos sin pasajeros ni aviones, sedes de bancos y multinacionales, viviendas de realojo, rascacielos vacíos y hasta catedrales. Muchos de ellos, en plena expansión del sector del ladrillo y su burbuja y dentro de la desregulada doctrina económica neoliberal que se dio en llamar “la cultura del pelotazo” o, más coloquialmente, “de la rotonda”, que tan pingües beneficios reportó a algunos con recalificaciones, contratas, adedismos, construcciones inútiles, macroesculturas de pueblo y amiguismos. Lo raro es que hoy mientras a la gente se le echa de sus casas y hay más de un millón de pisos vacios poceriles nuevos sin vender, las instituciones ya empiezan a decir que, incluso sin trabajo, consumo ni perspectivas –y mucho menos de dotar de contenidos a nuevas macroinfraestructuras- es necesario reactivar el sector de la construcción.

Aparte de la inutilidad de muchas de estas construcciones, algunas empiezan a dar miedo. Vivimos en un pais en que cualquier cutraco se construye una chabola en una cañada real, una rambla o una riera que luego se inunda. Pues imagínate si hay pelas o ganas de defraudar o de ahorrarse en materiales para llevárselo por la patilla, como hizo aquel malo -Richard Chamberlain- de "el coloso en llamas".

El símbolo máximo de la “cultura de la macroescultura de rotonda” fue el grupo de contenedores vacios que el jaleado –hoy contribuyente en Suiza- arquitecto de cabecera de Camps, Santiago Calatrava, construyó en el cauce seco del Turia. Obras que debían –previsiblemente- ser eternas y cuya estructura se resquebraja casi antes de haber sido ocupadas o que se les haya pasado la garantía del seguro decenal. No sólo se cobraron bien, sino que por su megalomanía multiplicaron exponencialmente sus costes previstos para convertirse en algo bigger than life. ¡Y a fe que lo consiguieron!. Como aquel barco que se publicitó como el insumergible más grande de la historia, que se llamó Titanic. Son símbolos, siempre que no pillen a alguien debajo si se derrumban o se hunden. Entonces serían pruebas, ya que las cosas no pueden ser cómplices per se.

Se ha hundido la cubierta de Las Ventas –cuatro millones de euros pagados- tres días antes de que nuestro Ignacio González pretendiera venderlo como un nuevo espacio multiusos para toda estación del año que pudiera alquilarse –supongo- para macrofiestas como las del -ahora maldito incluso para albergar un mundial de balonmano, que era lo suyo- Madrid Arena.

Por eso de la rotación laboral y el reinventarse, he tenido que trabajar en los últimos diez años muy pegado a un sector que investigaba la calidad de estructuras, aluminosis, desprendimiento de morteros, corrosión de armaduras: uno de los primeros afectados –prácticamente barrido- por la crisis de la construcción ha sido precisamente el sector de las patologías, laboratorios, inspección y controles de calidad. Pero se quiere seguir construyendo, queriendo ser, más que competitivos, ahorradores aunque los presupuestos para ciertas obras faraónicas sigan siendo “de rotonda representativa”. Viendo lo que hay, seguro que hay alguien que se lo lleva.

Miedo me da entrar en un edificio construido en los últimos 20 años. La Junta de mi barrio, Moratalaz, por ejemplo. Agrietada y clausurada. Y mira los asfaltos levantados de las calles, las juntas saltadas de los puentes, los enlucidos desdentados, los enfoscados, los pilares corroidos, los sótanos inundados de cualquier obra nueva. En estas cosas, la chapuza sólo espera a un golpe de mala suerte para que quienes debieron verlo antes de lo inevitable te digan: “yo no sabía”.

Altamira y la catedral de Santiago, entretanto, siguen ahí. Hasta que se dé –supongo- un presupuesto para rehabilitarlas.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*