Confirmado: siempre hay quien necesita que se le recuerde dónde están los límites, por @albertina_navas

“He pensado muchas veces que lo que muchos aprecian en la libertad de opinión es la inseguridad de no tener que responder de sus pensamientos en su propia carne”. 

Jean Guitton

Fue un exorcismo. Mil demonios abandonaron mi espíritu sin posibilidad de retorno. ¿El conjuro? La palabra. Dije lo que pensaba, sin omitir detalle, con la vehemencia que me es habitual, con la autenticidad de quien habla desprovista de los impuestos escrúpulos de limitarse a lo políticamente correcto. Sin más, me quejé amargamente de que nos hayan criado sumisas al convencernos de que evitar el conflicto es promover la paz. Deploré la tibieza propia de las cobardes que temen las disidencias inherentes a la decisión de tomar partido por una convicción. Les invité a ser o a no ser y les pedí, claramente, que dejen de ser a medias. Mientras avanzaba mi intervención, el exorcismo se transformaba en epifanía. A mi silencio le sucedió un apoteósico aplauso que me mostró que no era un sentir particular, sino la palabra ahogada en el corazón de esas decenas de mujeres congregadas con el pretexto de celebrar su día (8 de marzo, 2014) en la sede de Naciones Unidas, en Quito. Ni lo busqué ni lo esperé, sin embargo la conexión fue tal que cada felicitación se convirtió en una luz que dotó de sentido a muchas experiencias en mi vida, entre ellas, algunas que he revivido en los últimos días. Como ese día en las Naciones Unidas, volví a decir: ¡Basta! La gente tiene que aprender dónde están sus límites y ajustarse a ellos sin subestimar a los demás. Basta de abusos, basta de intromisiones, basta de desplantes, basta de groserías disfrazadas de humor. El conflicto no es más que el resultado de cuando alguien deja de dedicarse a lo suyo para empezar a vivir la vida de los demás. A esa gente, le digo: ¡Basta!

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