Compasión y cinismo, por Javier Astasio



Resulta muy conmovedor ver a los gerifaltes de la troika preocupándose por los pobres pensionistas griegos, "martirizados" por el "corralito" que, en los últimos días, está limitando su acceso a las pensiones y obligándoles a hacer largas colas, no siempre con resultados, para poder cobrar tan sólo ciento veinte euros de la misma. Me encanta ver al frío De Guindos afectado por el destino de los abuelitos y no tan abuelitos pensionistas, a los que él y sus colegas han recortado sus pensiones en Bruselas, a veces hasta dejarlas en la mitad. Me encanta.
Es el cinismo de los poderosos, el de quienes se quejan de que haya que pagar subsidios a los parados y se gastan en la comida de su mascota  lo que solucionaría la dieta de una familia sin ingresos. No hay más que verles y oírles para ver de qué van. No hay más que asistir al lamentable espectáculo de un Jean Claude Juncker disimulando con chistes y chascarrillos ante la prensa la trágica situación en que la intransigencia de banqueros y funcionarios ha dejado a los ciudadanos griegos.
Compasivo o no, lo que predomina en la actitud de lo que llamamos Europa es el cinismo, porque qué hace, si no, David Cameron preocupándose por la salida de Grecia del euro, cuando está al frente del gobierno de un país, el Reino Unido, que nunca ha querido integrarse en la moneda única y que, cada dos por tres, más si hay elecciones a la vista, se plantea su salida de la Unión Europea.
Preocupante es el cinismo de los conservadores y socialdemócratas que gobiernan Europa, exigiendo a Tsipras, que lleva sólo cinco meses en el gobierno, la liquidación de una deuda de décadas, los que lleva Grecia en la Unión, la misma deuda que nunca exigieron a los anteriores que le antecedieron, conservadores, socialdemócratas o de tecnócratas, una deuda originada tras la entrada, probablemente irresponsable de Grecia en la UE, irresponsable, tanto por parte de la UE, como por parte de los viejos dirigentes griegos, todos con los mismos apellidos, emparentados entre sí, tanto en la derecha como en la socialdemocracia.
A Alemania no le importó nunca que las cuantas de aquellos gobiernos estuvieran falseadas. No le importó, mientras como una sanguijuela vivió aferrada a la piel de los griegos, succionándoles la riqueza que no tenían, vendiéndoles carísimos, automóviles, electrodomésticos, maquinaria o carros de combate, que poco a poco iban engrosando esa deuda cuya liquidación exigen hoy.
No importaba que el gasto en defensa que hoy obligan a reducir, fuese inasumible. Entonces Grecia era, irónicamente junto a su incómodo vecina, Turquía, la llave que cerraba la frontera de la OTAN en el sureste europeo, una posición hoy devaluada con la incorporación a la Alianza de los países del este europeo.
Grecia no es ya el socio consentido y no lo es por todas esas circunstancias y porque Grecia es el primer país de la Unión que se ha recelado en las urnas contra la tiranía de la troika, eligiendo para su gobierno una alianza de partidos, para lo que lo que más importa son los ciudadanos. Y ese es el quid de la cuestión: que Grecia se ha convertido en la molesta garrapata que podría extender su ejemplo en el sur de Europa, especialmente en España, donde Podemos guarda muchas similitudes con Txiriza.
Y, si esto llegase a suceder, si Tsipras "se saliese con la suya", si no acabase humillado y repudiado por su gente, podría extenderse la plaga, convirtiendo la UE en ingobernable, lejos de los tejemanejes de ese bipartidismo sistémico que ha puesto las instituciones europeas al servicio de la gran banca especulativa y que ha olvidado para siempre los valores que inspiraron el Tratado de Roma.
Por eso, porque está claro que lo que pretende la troika es aplastar a Tsipras y acabar con la esperanza de una Europa más justas, me indigna el cinismo de los dirigentes europeos, empeñados en asfixiar al gobierno griego, utilizando como rehenes a esos pensionistas a los que llevan años aplastando y de los que, ahora, cínicamente se compadecen.


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