Como una portera, por Javier Astasio

 
 
Que me perdonen las empleadas de fincas urbanas, pero no se me ocurre otra imagen que la de la tradicional portera sainetera para describir la zafiedad y ordinariez con que la señora Villalobos, vicepresidenta en funciones del Congreso, presidió ayer el pleno, en ausencia del presidente Jesús Posada. Parecía por su actitud que la señora Villalobos, más que en el sillón de la presidencia de la cámara, estuviese en la cola de la pescadería de cualquier mercado de barrio, porque ni el lenguaje ni la actitud fueron los que cabría esperar de tan alta representante del pueblo.
Lo cierto es que la esposa del responsable de la imagen del Partido Popular, mala imagen en estos malos tiempos que corren, Pedro Arriola, defendió la posición de su partido, consistente en negar en la cámara lo que es ya un clamor en la calle como lo hubiese hecho cualquier portera de sainete, sin el gracejo, eso sí, de aquella "portera testiga" que Chus Lampreave bordó para Almodóvar en "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Previamente, la apisonadora popular había impedido en la reunión de la mesa del Congreso cualquier posibilidad de que, como pretendían, los socialistas y la Izquierda Plural defendiesen en el plano sendas mociones en las que se relacionaba al presidente Rajoy con el turbio asunto de financiación ilegal y corrupción que acosa a su partido y que es la comidilla de todos en la calle y en los medios desde hace largos meses.
Del mismo modo que Bárcenas pasó de ser en el discurso del PP un empleado ejemplar a convertirse en innombrable para sus excompañeros, para acabar teniendo trato de delincuente y mentiroso compulsivo, parece que el Grupo Popular del Congreso no quiere escuchar ese nombre en la cámara y, mucho menos, en relación con el de Mariano Rajoy.
Ayer, al ver bloqueadas sus mociones en la reunión previa de la mesa, ambos grupos siguieron la estrategia de aprovechar el uso de la palabra de sus diputados para dar lectura de sus respectivas mociones en el debate de otros asuntos. Desde la presidencia se les retiró el uso de la palabra y, de hecho, se expulsó a cuatro diputados de la izquierda. Evidentemente la presidenta de la sesión, doña Celia, había perdido los papeles y, en medio de un "subidón" de autoritarismo se encaró al socialista Manuel Pezzi -me la imagino con el mandil, los brazos en jarra y la escoba apoyada en la pared- que le había pedido libertad para expresarse en el pleno. Villalobos, olvidando cuál era ayer tarde su papel institucional, debió creerse en la feria de Málaga entre vinos y faralaes y le soltó un descarado "A ver si lo aplica usted en Andalucía" que animó el patio y llevó a Pezzi, ya con micrófono cerrado a quejarse airadamente, mientras sus compañeros hablaban de vergüenza y sainete, hasta el punto de que el secretario del grupo, Eduardo Madina, ya ene l uso de la palabra exigió disculpas a Villalobos por "el papelón" que acababa de hacer.
Esa es la palabra, papelón, porque papelón es lo que hacen quienes desde hace tiempo parecen no ser conscientes de que la mayoría que tienen en el Congreso es prestada y circunstancial y que pocos de los que les llevaron a sus escaños volverían a votarles, porque lo que piensa la calle y las cuentas que la calle tiene pendientes con el Gobierno y el partido que lo sustenta tienen más que ver con quienes pretendían ayer dar lectura a sus mociones que con quienes defendían el fortín desde la mesa.
Actitudes como las de Posada y Villalobos perjudican no sólo a quienes las mantienen, ofendiendo a quienes son representados por el resto de la cámara, sino que perjudican seriamente al prestigio del Parlamento que difícilmente podrá ser visto después de lo de ayer como algo mejor que un patio de vecindad con la portera Villalobos al frente.
 
 
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