Como un juguete roto, por Javier Astasio

 
 
 

Poco les duró la alegría a los trabajadores de la televisión valenciana. Fueron apenas unas horas, las que transcurrieron desde que se conoció al anulación por parte del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana del ERE que puso en la calle a más de mil de sus trabajadores y la filtración de la decisión del gobierno valenciano de cerrar el ente.

En cuanto supe que se había anulado el ERE, cruce mensajes con una amiga, que formaba parte de la minoría que había conservado su empleo y que, no por ello, había dejado de luchar al lado de sus compañeros despedidos.

Me decía que tenía sentimientos agridulces ante la anulación de aquel ERE-tan salvaje, añado yo- porque, con la admisión de todos sus compañeros cabía la posibilidad, fatalmente cumplida, de que la Generalitat decidiese echar el cierre de la radio y la televisión que durante tantos años había sido, para los gobiernos que pasaron por ella, poco más que un juguete propagandístico que era, en sí mismo, un insulto a la dignidad de sus trabajadores y a la inteligencia de los valencianos.

Canal Nou fue, a pesar de sus trabajadores, poco más que eso, un instrumento de propaganda, en el que ejercer con profesionalidad el periodismo y sentirse respetado era harto difícil. Su principal función era la de cantar las alabanzas de los presidentes de turno y, para lograrlo, como ya enseñó a hacerlo TVE en sus etapas más negras, se llenaban los pasillos de trabajadores decentes y rebeldes, sometidos a lo que aún no sabíamos que se llamaba mobbing, pero dolía igual, mientras se contrataba a trabajadores más dóciles, de esos que, alguien lo diría con cinismo, sienten los colores.

Esas plantillas infladas para colocar a los fieles y los seguimientos inútiles para el bien público, caros y arbitrarios de los Zaplanas y Camps de turno, no le bastaron a las sanguijuelas instaladas en la dirección del ente, sanguijuelas que, como las que se esconden en ríos, fuentes y abrevaderos, tienen la precaución de anestesiar la conciencia de sus principales víctimas, los ciudadanos.

No les bastó. También se ocuparon de alimentar sus bolsillos y dar gusto a su bragueta, porque no sé si primero en Valencia o en Madrid, aprendieron lo útil que resulta una radiotelevisión pública para saquear las arcas públicas a base de cargarle facturas escandalosamente hinchadas. Y no se sabe, porque la trama Gürtel nació simultáneamente en Madrid y Valencia, y fue la trama Gürtel la que clavó sus dientes en el dispositivo organizado para el seguimiento de la visita del Papa a Valencia, una visita que le vino de perlas a Camps para tapar la vergonzosa por evitable tragedia del metro de la capital valenciana. 

Telemadrid ha sido, y en especial después de la llegada de Esperanza Aguirre a la Puerta del Sol, un remedo del reino de taifas en que se convirtió la RTVV. La presidenta forzaba la repetición de tomas para "sacarla guapa", pero no sólo eso, también encargaba reportajes ideológicamente infumables, en los que la verdad casi siempre -y digo casi por ser generosos- quedaba fuera. Y lo peor es que, al menos en el caso de Canal Nou, el esfuerzo y la profesionalidad de la mayoría de sus trabajadores ponían en la antena un producto digno, seguido por una gran audiencia.

Eso fue así hasta que cayó en manos de los gobiernos autonómicos la varita mágica de la televisión digital. Desde ese momento ya no hizo falta justificar nada, Bastaba con conceder los nuevos canales a quienes tenían como único aval su facilidad para lamer la mano del amo. Las televisiones públicas dejaron de tener entonces interés para los sátrapas. Era más fácil sostener artificialmente las teles del digital party y, claro, hicieron lo posible para dejar caer las televisiones públicas que, hasta entonces habían sido su juguete. Un juguete caro y delicado, maltratado por su dueño hasta que pierde los brazos y las piernas o salta su cuerda y acaba irremediablemente en el cubo de la basura del niño déspota y caprichoso que lo destroza.

Es lo que ha hecho ayer Fabra, tirar a la basura el juguete heredado y roto o rajar su balón ahora que parece que va a perder el partido. 
 
 

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