Como un barco en manos de un borracho, por Javier Astasio

Desde que, ya va para cinco años, la economía española comenzó a hacer agua, quienes estamos a bordo, o al menos yo, tenemos la sensación de que quien maneja el timón, arriba en en el puente es un capitán que, o está ciego y sordo, o está borracho. Cómo explicar, si no, todas las maniobras equivocadas que se vienen ordenando, mientras la nave, inexorablemente, se dirige hacia el desastre.
Cuando estalló la burbuja inmobiliaria y la nave comenzó a escorarse, los grandes constructores, los que viajan en primera clase, ayudados por la banca, corrieron a poner sus enseres -todos o casi todos en negro- a salvo en botes salvavidas que partieron a idílicas playas de paraísos fiscales, usando para moverse el combustible que tan necesario le era a la nave con problemas. El resto, lo que les pareció demasiado pesado o poco rentable, lo dejaron a bordo.
Mientras tanto el capitán ciego o borracho comenzó a desmantelar la misma nave, siguiendo las órdenes del armador que, sentado en su cómodo sillón en tierra firme, hace las cuentas de lo que costará salvar la nave y lo que podría sacar de ella como chatarra. Por eso el capitán comenzó a tirar por la borda elementos fundamentales del banco t a mandar marineros a la bodega del paro, cuando en éstas ya se apretaban los que trabajaban al servicio de los privilegiados pasajeros de primera clase y que no quisieron llevarse consigo.
Obsesionado por la sobrecarga, el armador siguió con lo suyo, ordenando arrojar más peso por la borda. Y el capitán, confundido y borracho de poder, decidió también deshacerse de la comida que regaló a los oficiales para que también se pusiesen a flote, alegando que su supervivencia era vital para todos. Y, claro, comenzó a usar la violencia para contener a quienes, algunos desde la primera señal de alarma, habían sido arrojados al fondo de las bodegas. Únicamente los más fuertes y mejor preparados para nadar se atrevieron a saltar por la borda de la frontera para ponerse a salvo por sus medios en un gesto que, desde el puente, se consideró fruto de su espíritu aventurero.
Mientras, el resto, con las máquinas paradas, sin apenas nada para llevarse a la boca, desalojados de sus modestos camarotes, esperamos en alta mar el milagro de la llegada de una ayuda que no sea interesada o quién sabe si de un motín que ponga fin a tanto desatino.
 
 
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