CIUDADAVOX, por Javier Astasio

En todos los años que he vivido en democracia, que son todos los que tiene la española he visto nacer y morir a muchos partidos y de todos los colores. También los he visto cambiar de nombre, como si la nueva identidad fuese a librar a sus líderes de un pasado vergonzante, si no directamente o delictivo. Se cambia de nombre, se cambia de dirigentes y se cambia de colores o de logotipo, rosas de jardín o de invernadero, gaviotas o charranes... la lista de cambios identitarios se haría interminable y, si les creemos y no sin esfuerzo, sólo la ideología permanecería inalterable, salvo que, como en el caso que nos ocupa, Ciudadanos, la ideología sea como los famosos principios de Groucho Marx, de quita y pon.
Albert Rivera, tan friolero como aparece en la famosa foto de Colón, hoy maldita para él, se presentó desnudo ante el electorado cuando su partido era apenas un esbozo, una plataforma ciudadana, en la que lo único que quedaba meridianamente claro era su feroz anticatalanismo y la existencia de una no menos feroz financiación, de la que hoy aún está por conocerse claramente el origen. Y es que, lo mismo que hay partidos que nacen en torno a una idea que, para crecer u mantenerse, necesitan de financiación, hay partidos que nacen de una financiación, entiéndase unos intereses a defender, que necesita vestirse de ideologías para mantenerse y crecer.
Ciudadanos, al igual que Podemos, creció a cuenta del enorme descontento que el bipartidismo del que tanto habían abusado PP y PSOE, hasta el punto de diluir sus señas de identidad, en busca de sus votantes y de admitir en sus filas a personajes de eso que algunos llaman "moral distraída" que, para el partido o para sí mismos, acabaron metiendo la mano en la caja. Fue entonces cuando la idea del partido de Rivera, fundamentalmente porque carecía de experiencias negativas en ese sentido cuajó, primero en Cataluña y, posteriormente, en el resto de España, llegando a necesitar cuadros en lugares donde nunca habían estado, para presentar listas para competir y recibir esos votos que las encuestas les auguraban.
A partir de ahí, Ciudadanos comenzó a hacerse un lío o hacérnoslo a nosotros, porque los diputados y concejales que obtuvieron no les daban para hacerse con alcaldías o gobiernos de autonomías y, si les daban, como les dio para hacerse con la Alcaldía de Arroyomolinos, en Madrid, fue para ver, a los pocos meses de mandato, ver al alcalde procesado y dimitido. Y es que cuando se crece deprisa y, sin el control necesario, entran en el cesto manzanas podridas o con riesgo de pudrirse.
La trayectoria de Ciudadanos ha sido en estos años de expansión un ejercicio de prestidigitación y equilibrio, todo en uno, en el que, según convenía, apuntalaban a populares o socialistas, haciéndonos creer que garantizaban la decencia y honradez de los gobiernos que apoyaban desde fuera.
Eso, hasta hace menos de cuatro años, cuando se convirtió en el caballo de Troya que impidió, con su entonces inédita política de exclusiones, el acuerdo aparentemente posible para llevar a Pedro Sánchez a formar gobierno. Y es que ya se sabe que se puede mentir a todos o mentir todo el tiempo pero no se puede mentir a todos todo el tiempo, y, de tanto hacer equilibrios u de tanto juego de manos, al fin, Rivera se vio atrapado en la maldita foto de la plaza del Colón, entre las cámaras u el paredón en que se convirtió el homenaje de Vaquero Turcios al "descubrimiento", una foto que explica muchas cosas y tapará unas cuantas bocas.
Y, como "de perdidos al río", ayer, Juan Carlos Girauta ató corto a su partido, anunciando a dos meses de las elecciones que Ciudadanos, al igual que ya hizo en Andalucía, levanta un muro frente al PSOE y, se supone que, frente a Podemos, para no llegar a ningún acuerdo de gobierno con ellos. Girauta, que debe saber de qué habla, porque ha estado en el PSOE y el PP, sin sacar nada de la política, hasta llegar a Ciudadanos con quienes ha sido concejal y diputado en Cataluña, en Europa y en la Carrera de San Jerónimo.
Ciudadanos ya se había retratado dejando que VOX, el partido que finalmente ha impuesto  a una de sus militantes, de claras tendencias franquistas, como responsable de la Memoria Histórica en el gobierno de Andalucía, pusiese sus votos para que ellos y el PP formasen ese gobierno, posó, sin que hubiese bandera arco iris capaz de camuflarle, hace sólo nueve días y ayer, por boca de Girauta, negó por tercera vez la posibilidad de un acuerdo postelectoral con Sánchez, dejando cómo única salida para España otro gobierno de CiudadaVox que, por más que se empeñe y más prisa que tenga, difícilmente presidirá el más que ambicioso Rivera.

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