Ciudadanos, por Javier Astasio



Cuando en 1981 Ronald Reagan llegó a la presidencia de los Estados Unidos, se hacía la broma de decir que los políticos norteamericanos eran tan malos que los estadounidenses habían tenido que elegir a un actor como presidente, algo que nunca fue del todo cierto, porque Reagan tuvo, desde que se dio a conocer como delator en tiempos del maccarthismo hasta que llegó a la presidencia, más y mejor actividad como político que como el actor de películas de serie B que fue y que, sin duda, se habría tragado la Historia, de no haber llegado a la Casa Blanca.
Lo que sí tuvo Reagan fue una magnífica voz y todo el oficio necesario para interpretar el papel que le había caído en suerte, cualidades ambas que fueron perfectamente explotadas por la derecha más conservadora, extremadamente conservadora,  de los Estados Unidos que se aprovechó sus mandatos para acabar con los fantasmas y la mala conciencia de la guerra de Vietnam y para talibanizar aún más las estrictas reglas morales de la sociedad norteamericana.
Qué tiene esto que ver con España y, más aún, con ciudadanos, os preguntaréis. A mi modo de ver, más de lo que pensamos, porque, en un erial sin las figuras brillantes del pasado, sin pasado, incluso, como es el panorama político español, el triunfador de las últimas semanas es un señor que, salvo para los catalanes, tiene más de actor o de contenedor de los deseos frustrados de los decepcionados de la política, que de verdadero ideólogo. Un personaje atractivo, tranquilo en las formas, sin toda esa histeria y ese evidente autoritarismo que tanto se han evidenciado en Rosa Díez, pionera que ha sido en la conquista del territorio que pretende colonizar Rivera.
Uno y otro, Rivera y Díez, ahora peleada con el actor que colocó en sus listas, están construyendo sus programas a base de mero marketing, recogiendo propuestas y aspiraciones de los votantes de aquí y allá, muchas veces contradictorias y no siempre realizables. Una panoplia de ofertas imposibles de rechazar, unas veces por unos, otras por otros, con las que se cose el traje ideal para emprender el viaje hacia el poder. Lo malo viene cuando un partido como Ciudadanos, paradójicamente vacío de ciudadanos, coincide con el efervescente afloramiento de la corrupción que está llevando al PP a la debacle y se produce la fuga de votantes  de los conservadores a este partido vacío de militantes, del que apenas se conocen dos o tres rostros.
Si a eso le sumamos el entusiasmo del capital y los medios que controla por empujar al partido de Rivera, para así compensar ese impulso tomado por Podemos que tantos nervios ha desatado en las alturas del poder económico y que ahora justifica todo esfuerzo que lleve a impedir que el rojo, más o menos evidente, de la izquierda acabe tiñendo los diagramas de los resultados electorales. Algo así como una "operación Roca" remozada, que promete mejores resultados que aquel fallido experimento de los ochenta.
Y, salvo en el favor de las encuestas, aquel PRD de Roca y el Ciudadanos (C's) de Rivera se parecen y se parecen sobre todos en que a uno y otro partido, lo que resulta paradójico en el caso del de Albert Rivera, les han faltado ciudadanos en las bases, algo que, cuando va a ser mucho el grano a repartir, está resultando problemático por la infiltración, que ya se está dando, de sus candidaturas por fascistas, especuladores y mercenarios dispuestos a conseguir un puesto de trabajo, aunque "este" sea de concejal.
El caso es que el mensaje, a veces vacío, a veces contradictorio, de Ciudadanos, como las cremas, los imanes y las dietas mágicas,  está siendo comprado por bastantes votantes, desengañados de los dos grandes partidos, mientras Podemos, olvidado ahora por los medios de comunicación, con sus bases amplias y activas, se desinfla, salvo que el programa económico, a punto de ver la luz por fin, sea capaz de reavivar sus esperanzas de cambio.
De momento, quedan cuatro semanas para saber qué partido se lleva el gato del cambio al agua, el Ciudadanos sin bases o los ciudadanos de Podemos.



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