Cierra un periódico, por Gabriel Merino

Para un lector es triste.

Para un periodista, doblemente.

He visto cerrar desde muy niño cabeceras de periódicos –y de medios- de toda tendencia: Pueblo, Arriba,  El Alcázar, Ya, El Sol, El Independiente, Diario 16…  Por no hablar de de medios escritos diversos como La Codorniz, Hermano Lobo, El Papus, El Globo, Panorama, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, Ajoblanco, Mortadelo, 1984, Star: cabeceras y páginas que seguí con más o menos fruición o tendencia.

Parto de que, como lector, me pone muy nervioso ver tirar un libro a la basura y que me leo desde los prospectos a los panfletos publicitarios, las cartas del banco o los menús de un restaurante. Si. Como lector, me lo bebo prácticamente todo: si entro en un bar y tienen La Gaceta,  la abro con la misma mirada crítica con la que abro el Mundo Obrero.

No, no es que no tenga ideología, que la tengo, y clara. Pero. desde que ví “Fahrenheit 451” de Truffaut sobre la obra de Bradbury, me dí cuenta de que mi horror es a la desaparición de la palabra escrita; de ahí mis primeros resquemores cuando hace algunos años llegué a oir que Internet y el e-book acabarían con el boca a boca, la información y el placer que se adquiere leyendo un texto sobre papel. Lo de “Público” no era más que la crónica de la muerte anunciada de un paciente, pero nuestra UVI periodística está llena de terminales. Y no sólo en España. Cabeceras centenarias desaparecen como desapareció el Saturday Evening Post  y el Life, o como parece que están a punto de sucumbir algunas de las que estudiábamos en las facultades de ciencias de la información como referentes informativos universales.

Como lector, repito que me gusta leer, aunque lo que lea sea pura fantasía, imaginación, entelequia o mentira. Como periodista, uno de mis mayores placeres era cuando llegaba por la mañana a la redacción para desplegar cinco, seis, siete periódicos diferentes y contrastar cómo trataban la misma noticia. Nunca he creído en la objetividad del medio: creo que como periodista y como lector, todo aquello que se lee –y lo que no se lee- se debe poner en una cuarentena crítica. Eso no quita que, aunque no me crea casi ni una palabra de lo que dicen, no me haya leído de cabo a rabo la Biblia, el Corán o el Manifiesto Comunista. Leer es placentero y seguramente, es la fuente de razón, contraste y aprendizaje más importante que tenemos. Especialmente para crearnos un estado de opinión propio.

Cuando cierra una empresa –un periódico, un astillero, una tienda de ropa, un bar-, objetivamente no entiendo que haya nadie que pueda alegrarse, aunque el bar haga ruidos indeseables hasta las tantas. Claro que sé que, ideológicamente, habrá quien celebre que la crisis haya hecho cerrar a Público antes que a otra empresa de información más en su línea de pensamiento. Pero me parecen  como aquellos bomberos de la novela de Bradbury que creían que quemando los libros quemaban las ideas.

Para mí, el cierre de un periódico siempre es triste. Soy periodista.

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Gabriel Merino
Jefe de Opinión de Periodísticos.com

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