Chantaje, manual para torpes, por Javier Astasio

 
 

¿Cómo se hace un chantaje? Es muy fácil. Para que exista un chantaje son precisos tres elementos: el chantajista, la víctima y que el primero tenga en sus manos algo con lo que presionar a su víctima. Basta con eso, basta con que alguien, normalmente alguien en quien confiaba la víctima, tenga en su poder aquello que su víctima no querría que se hiciese público de ninguna de las maneras, algo oscuro, íntimo e inconfesable. Ahora bien, hay que sopesar mucho el equilibrio entre las consecuencias del cumplimiento de la amenaza y el "rescate" que el chantajista pide por su silencio. A veces ese precio es nimio -los niños saben de eso unos cromos, un tebeo, la PlayStation... o me chivo- otras es más complicado y toma la forma de fotos comprometedoras que nunca debimos permitir que nos hicieran y que podrían echar abajo nuestra vida pública... en fin, todo es un tira y afloja, una negociación que puede acabar con nuestros tesoros infantiles o con una carrera política, como se intentó con Clinton.

Ahora bien, aunque lo habitual es que sólo sepamos de los chantajes cuando se consuman, cuando la víctima no quiere o no puede pagar ese rescate y se desata el escándalo, el chantaje tiene una vida mucho más larga, una vida que comienza con el acopio de material para el chantaje: las fotos ya mencionadas, la grabación de una conversación comprometedora, una prenda -íntima o no- con la huella de los fluidos apropiados, unas cartas... o un cuaderno.

Evidentemente, de lo que hablo, es del asunto Bárcenas o, dicho de otra forma, de la trama Gürtel, en la que no es más que el hilo del que ha tirado la Audiencia Nacional buscando la conexión con lo que, a la vista está, se asemeja bastante a una financiación ilegítima del Partido Popular. El primer acto de este hipotético chantaje debió representarse discretamente, cuando el nombre del todavía tesorero apareció ligado al de Correa, Bigotes, Camps, Orange Market, concejales y alcaldes, sobre todo de la sierra madrileña y su entorno, constructoras, proveedoras de servicios y hasta, como excusa para uno de los mayores pelotazos, Benedicto XIII.

En esos primeros momentos, el juez encargado del caso fue Baltasar Garzón, que demostró tanta eficacia e implacabilidad, que disparó todas las alarmas en sus vecinos de calle que se fraguó una campaña que no ceso hasta acabar con la carrera del juez más prestigiado de España. La salida de Garzón, del caso y de la carrera judicial, se produjo cuando estaba a las puertas de las cuentas suizas y con el nombre de Bárcenas sobre la mesa.

Por entonces, no hay más que repasar hemerotecas, aún cabía la esperanza de poder desmontar la investigación como se desmontó la del caso Naseiro, en la que el juez Manglano había dado con una primitiva y burda red de financiación, en la que ni siquiera utilizaban intermediarios, como correa y sus tratantes. No es de extrañar, por tanto, que Bárcenas fuese un ciudadano respetable, con escaño en el senado, por el que todos, desde Rajoy hasta el último militante del PP, arriesgaban en público su palabra -la mano ya se la habían chamuscado de sobra en la falla de Camps- para poner a salvo su honorabilidad.

Bárcenas conservó el escaño y el fuero, pero en las últimas generales ya no fue en las listas. También conservaba el respeto o el temor de sus compañeros de partido y despacho y otros privilegios en la calle Génova. Pero aparecieron las cuentas suizas y, en ellas, 22 millones de euros sacados de un país con millones de parados, en pleno desmontaje de su estado de bienestar, así que no hubo más remedio que dejar caer al intachable ex tesorero y colgarle el sambenito de chorizo.

Es entonces cuando Bárcenas debió recordar a su partido que guardaba prendes del antiguo amor que se profesaban. No debieron hacerle mucho caso en Génova e inmediatamente comenzaron a aflorar las primeras indiscreciones en las que los protagonistas eran los oscuros sobres con que salían del despacho de Bárcenas unos cuantos dirigentes del partido.

No debieron producir mucho susto estas primeras "sombras de sombras de indicios" publicadas en EL MUNDO, así que no hubo más remedio que dejar caer unos papeles más explícitos en la redacción de EL PAÍS. Y debe ser cierto lo del "negro sobre blanco", porque este país cansado de tanto abuso se indignó y la prensa hizo presa en la mismísima cúpula del PP.

Pero la historia aún no ha terminado. El chantajista sólo ha enseñado una copia de lo que guarda. La prueba definitiva serían los originales y, esos, de momento no han aparecido ¿Será ese el nuevo elemento de negociación? No lo sé, pero extorsionador y víctima se aferran a una posibilidad mínima de que esto se pueda parar para salvarse. Quizá tengan que ver con eso las apariciones de Bárcenas ayer en sendas televisiones negando la autenticidad de los estadillos publicados por EL PAÍS. Pero, en mi opinión llegan tarde, porque las sombras de las sombras son ya demasiado grandes y la poca credibilidad que conservaban Rajoy y el PP ya no cotiza en bolsa.

NB: Cualquier parecido con hechos y personajes de la realidad no es pura coincidencia.
 

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