Censura y desmesura, por Javier Astasio

 
 
Por si fueran pocos los motivos de preocupación que agobian a  este país o que, al menos, a mí me agobian, cada vez resulta más evidente que existen intereses, no siempre confesables, dispuestos a llevarse por delante los escasos parapetos que la democracia ofrece a los ciudadanos para defenderse de quienes los quieren silenciosos, sumisos y serviles. Uno de esos parapetos ha sido la libertad de prensa, pero no entendida únicamente como el derecho de los medios a informar, que, naturalmente, es vital, sino como el derecho de los informadores a que se respete su trabajo y, cuando ese trabajo va firmado y aparece en las páginas de opinión, quede a salvo, una vez publicado, de las tijeras de la censura, que nunca es peor que cuando anida en la propia redacción.
Esta reflexión que no es ajena a lo que habitualmente vengo expresando en este blog, viene a cuento de los episodios de censura que últimamente vienen produciéndose en el diario EL PAÍS y que, al menos para mi conocimiento, arrancaron con aquella columna de Santos Juliá mutilada en su alusión a Enric González y aquella amarga carta en la que denunciaba el ERE que estaba a punto de caer sobre la plantilla del periódico, un caso que dio lugar a una carta de protesta de una veintena de intelectuales ligados al periódico, entre los que figuraban, por ejemplo, Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina.
De aquello hace ya unos meses, pero lo más preocupante es que, al parecer, no han aprendido la lección, porque el que maneja las tijeras en EL PAÍS no parece haber entendido que, en tiempos de Internet y redes sociales, por mucho que se reclame el auxilio del Señor Lobo de "Pulp Fiction", siempre quedan rastros y lo censurado se vuelve como un boomerang contra el censor multiplicado, amplificado y glosado por los lectores ofendidos, porque qué es sino ofensa negar al lector criterio y discernimiento para entender algunas cosas.
Como digo, no parecen haber aprendido la lección y en los últimos días, intoxicado por no sé qué intereses o no sé qué principio de autoridad, el censor ha vuelto a intervenir, primero contra un artículo de Miguel Ángel Aguilar, en el que formulaba una serie de incómodas preguntas sobre hipotéticos e ilícitos ingresos del presidente Rajoy como registrador de la propiedad, y, en las últimas horas, contra otro del economista Juan López Torres, Titilado "Alemania contra Europa" , en el que el autor escribe documentadamente lo que desde hace ya tiempo venimos pensando muchos.
Queda claro que, a la vista de que todavía es posible encontrar en la red todo lo que fue censurado, que el esfuerzo del censor no hará sino conducirle a un estado de melancolía, al tiempo que ahonda en el desprestigio por el que parece deslizarse el periódico que, durante años y antes de caer presa de la soberbia, fue uno de los garantes de la libertad de expresión en España.
Supongo que son muchos los intereses creados que atender y muchas las mordazas que las deudas acaban imponiendo a un periódico que se emborrachó de éxito. Pero, al tiempo, convendría que sus responsables recordasen que los que hacen grande los periódicos, los que los alzan y los dejan caer son los lectores, esto último, cuando se sienten engañados.
Y mientras en Miguel Yuste se considera inapropiada la crítica descarnada a Alemania y su actitud de soberbia y superioridad frente a la Europa del Sur, desde las páginas de Die Welt que atienden más a  las protestas contra las corridas de toros que a las masivas protestas de la plataforma anti desahucios, se considera a los españoles poco menos que inmaduros. No es de extrañar que María Dolores de Cospedal se atreva a criticar a los jóvenes que protestan y a ensalzar a los carromeritos de su partido. Tiene todos los triunfos en la mano. Censura y desmesura remando en la misma dirección.
 
 
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