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CATALUÑA ¿CAPITAL BRUSELAS?, por Javier Astasio

 
Los catalanes, sin ser conscientes de ello van camino de correr la misma suerte que los españoles de los que se quieren divorciar- Lo digo porque llevan meses, años, instalados en las consecuencias del inmovilismo de sus dirigentes que, como Rajoy, al que necesitan tanto como él les necesita a ellos, han reducido toda su actividad a un único asunto, Cataluña, no los catalanes, que les sirve de coartada para no hacer, para no decidir, Cataluña, así en abstracto y nada más.
Ambos, Rajoy y sus ministros, y Puigdemont y sus consellers, disponen, eso sí, de amplios equipos de guionistas, dignos del mismísimo Trump, dispuestos a maquillar la realidad para transformar todos los padecimientos y carencias de los ciudadanos a los que gobiernan, o debieran gobernar, en las correspondientes "posverdades", algo así como las vidas de santos t mártires que un joven Cándido escribió para el abad del Valle de los Caídos, a mayor gloria de la tan ignominiosamente llamada "cruzada" lo que padecen.
Las exageraciones, las declaraciones y sus contradeclaraciones, las propuestas descabelladas, a todas luces de imposible cumplimiento, las sutiles, o no tan sutiles. amenazas, el desprecio por las normas y leyes, con sus consiguientes movimientos judiciales, las banderas por aquí, las banderas por allá, los castellers, los sonrojantes energúmenos del "a por ellos", las canciones que se vuelven himnos, muchas veces a su pesar, los himnos que lo son y ya lo era, todos esos paraísos artificiales, en fin, que, como la morfina  en el cerebro, suplantan a las endorfinas en la debilitada conciencia de los ciudadanos, tan cansados ya, nublando su percepción de la realidad y, con ello, su juicio.
Sorprendente todo ello más si pensamos que, hace sólo unos meses, teníamos a los catalanes como paradigma de la sensatez y como ejemplo de la gente siempre dispuesta a negociar. No me cabe duda de que todos los demonios desatados en (el resto) del Estado han contribuido a la desestabilización de tan serenas conciencias. No me sorprendo de que las desproporcionadas cargas policiales del día uno de octubre, convenientemente exageradas, ordenadas por el mismo ministro que condenó hace dos días a miles de ciudadanos a penar más de veinte horas, atrapados en sus coches en medio de la nieve, porque "estaba al mando", atrapado en el palco del Sevilla-Betis. Un ministro que, con su probada torpeza, dio a los independentistas la proyección internacional que los esfuerzos de decenas de "embajadas" creadas por Raúl Romeva a golpe de presupuestos. Un ministro que volvió los ojos del mundo hacia Cataluña, insuflando a Puigdemont y los suyos, el aliento que ya estaban perdiendo. Unos y otros se necesitan, porque a Rajoy y los suyos les encanta que en las encuestas del CIS el "problema" catalán escale puestos, desplazando al paro, la carestía de la vida y la vivienda, los sueldos bajos o el temor por las pensiones, o porque a los catalanes parece importarles más la dieta de mejillones y bombones de Puigdemont que la suya propia.
A veces pienso que los españoles y los catalanes, hablando en general y de los que se colocan en el extremo estereotipado que odian los unos de los otros, que son un poco como los clientes de Apple, los usuarios de los iPhone, los iPads y todos los dispositivos con una "i" en un nombre, que, llevados por la fe del carbonero, pagan más por aparatos que no siempre son mejores y sí mucho más caros. Todo un sinsentido que puede llevar a otra legislatura de parálisis en la resolución de lo inmediato a cambio del nirvana de sentirse distintos, de ser una república independiente con los mismos problemas de siempre, agravados quizá, una nueva Cataluña, con la capital en Bruselas.
Ah, se me olvidaba, perdón por , un mes después, tener que seguir con lo mismo.