Castillos de naipes, por Gabriel Merino

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Do you believe in fairies? … If you believe," he shouted to them, "clap your hands; don't let Tink die." (Peter Pan) 

 

No creo en las hadas. Eso no quita que me siga gustando hablar de ellas y contar historias sobre ellas. Pero sé que no existen. Y, por más que me apasionen los cuentos,  eso lo he sabido siempre.

 

Recuerdo cómo, sin embargo, de niño creía ilusionado en los reyes magos y  en el ratoncito Pérez. Y cómo -¡y cuánto!- me dolió saber la verdad cuando llegó el momento. Yo mismo me prometí después de saber lo de los reyes que nadie más me iba a engañar con algo parecido. Tardé años, sin embargo, en declararme abiertamente ateo: costaba mucho quitarse de la cabeza –lo que yo entiendo que son, ¡no se me revolucionen los creyentes a quienes respeto pero con quien no comparto dioses!- fantasías inyectadas desde la más tierna infancia sobre trascendencia, vida después de la muerte, o pecados contra  la voluntad de un creador de una cosmogonía antropocéntrica.

 

Una vez –creí que- liberado de cuentos, mitos, hadas y entelequias, supuse que dificilmente tendría que afrontar ya chascos parecidos respecto a esas creencias interiorizadas que, de repente,  se derrumban como castillos de naipes.  Pero al final, resulta que el “habla pueblo habla”, el “cotiza que algún día te será devuelto cuando te quedes sin empleo, enfermes o te jubiles”, el “ser ético y digno compensa más que ser un ladrón sin escrúpulos”, el “se vota para que nuestros representantes actúen por delegación nuestra, cumpliendo nuestra voluntad”, el “quien trabaja mejor resulta premiado”,  o los axiomas “el injusto siempre es castigado”, “un banco es siempre solvente” o “los informadores buscan la veracidad” son igual de ciertas que el ratoncito Pérez.

 

Educando a mi hija he tratado de hacerle ver que hay que ser buena, justa, mesurada, comprensiva, abierta, ética, inteligente, sincera, amable o solidaria  en la medida de sus posibilidades. Nunca he pretendido ni que sea una santa ni una martir, ni una protoheroina ni una pacifista tipo Gandhi, ni la paganini del cotarro ni la que pone la otra mejilla ni una militante ciega de nada. Pero… llegando a este momento, creo que además de encaminarla a una forma de ser adecuada al tiempo en que vive, a mí también me toca reeducarme un poco. Por lo menos, para que no se me caigan más creencias profundamente interiorizadas como castillos de naipes.

 

Y básicamente, para no sufrir más desilusiones como la de cuando me enteré de lo de los reyes. Claro que no: no estoy hablando de que hayan eliminado a la roja en las olimpiadas.

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