Casino, por Javier Astasio


Es lamentable, pero es así. Los españoles, sin saberlo, la mayoría sin haber pisado nunca una sala de juego, llevamos meses jugándonoslos ahorros y el futuro de nuestros hijos en un casino sin reglas, en el peor de los casinos, donde la banca, que juega con una mano atada a la espalda, siempre pierde, en favor de los peores delincuentes, esos que no tienen nombre ni rostro y se dedican a acosar y devorar una a una a las ovejas encerradas en el corral del euro, ante la pasividad del pastor, al que la soberbia impide acudir en auxilio de las víctimas.
El terreno de juego de este casino es una especie de redil del que no puede salir el ganado, mientras el lobo entra codicioso y sale con las barbas ensangrentadas siempre que quiere. El ultra liberalismo en lo económico, lo moral y lo social es harina de otro costal, ha llevado a desregular las bolsas y los mercados con el mismo entusiasmo que se ha puesto en maniatar a los responsables de cada uno de esos países-oveja, a los que sólo les queda esperar su turno arrinconados, confiando en que el lobo se entretenga con sus compañeras lo bastante como para que el pastor se decida por fin a intervenir.
El mercado de la deuda se ha convertido en eso: un casino sin reglas en el que el que más tiene gana y en el que la ansiedad es el peor consejero a la hora de apostar. Además, como en todos los casinos, las trampas están a la orden del día, porque siempre hay un crupier o un jefe de sala dispuestos, a cambio de una buena propina, a hacer la vista gorda ante determinadas situaciones.
Cómo se explica entonces que unos y otros, responsables españoles y comunitarios, tomen siempre la decisión equivocada, la que más perjudica a los países en apuros y más beneficia los especuladores. No sé si son la ansiedad y los nervios, si es sólo ineptitud o acaso malicia, pero lo cierto es que, cada vez que España saca su deuda a pasear unos y otros hacen y dicen lo que más en riesgo la pone. Ayer mismo lo escuché de un oyente de Radio Nacional "parece como si hubiesen puesto -decía- a los más tontos al frente del cotarro" aunque maliciosamente se preguntaba si no sería al contrario, porque, si se observan con la distancia y frialdad suficientes algunos resultados, a uno le entran dudas, y con todo el derecho, sobre las verdaderas intenciones de quienes las toman.
Son miles de millones de euros los que han cambiado de manos desde que comenzó esta crisis y tengo derecho a pensar esto que escribo.

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