Carné de pobre, por Javier Astasio



Al gobierno de este país, el que preside un señor que se va al fútbol la misma tarde que firma el rescate de nuestra banca y los recortes, el mismo que es capaz de cruzar el Mediterráneo para dar su apoyo a los conservadores griegos, pero se piensa demasiado, le cuesta, pisar las tierras anegadas de Aragón, a ese gobierno no le gusta que en la Valencia de las fallas y el caloret, la Valencia heredada de Camps y sus secuaces, la de quienes saquearon la televisión autonómica durante la visita del papa, mientras se enfriaban los cadáveres de las víctimas del peor accidente de metro de nuestra historia, se formen colas de medio millar de ciudadanos, a la espera de las galletas, la harina, la pasta, la leche o el tomate con que aliviar durante unos días el hambre de la familia.
No le gustan estas colas, porque acaban metiéndose en los telediarios, con mayor o menor extensión, en titulares o en reportajes, desmintiendo todas las ruedas de prensa, toda la propaganda en las que quienes nunca la han sentido nos cuentan que la crisis es cosa del pasado o, como les gusta decir, ya es Historia. No le gusta ver a todos esos ciudadanos jóvenes o viejos, hombres o mujeres, solos o con familia, con estudios o sin ellos, mejor o peor vestidos, resignados o no, que acuden a las puertas de los almacenes de Cáritas, Cruz Roja o los bancos de alimentos. No les gusta propaganda tan negativa y, por ello, se han puesto manos a la obra para acabar con ella.
El mejor modo que ha encontrado el ministro que se ocupa de los Asuntos Sociales en España y se ocupó en Vitoria mientras fue alcalde de pagar alquileres ruinosos y nada claros, ha sido el de censar a los necesitados, hacerles pasar por la humillación de tener que demostrar que son pobres, para, así, tener acceso a esa ropa y esos alimentos que, quienes podemos, costeamos con nuestros donativos y que al ministro parece molestarse que los reciban sin humillarse y sin pagar nada a cambio.
Habla este ministro que quiere hacer una lista de pobres de incluirlos en programas de reinserción o algo parecido, como si se tratase de ex presidarios, toxicómanos o cosas peores, si es que las hay. Y no parece haberse parado a pensar que, con darles un trabajo que, por humilde que fuese, le diese la seguridad y la confianza en el futuro que ahora no tienen, las colas se esfumarían o casi. Por qué no lo intentan, en lugar de utilizar los servicios sociales como jurado de un concurso de pobreza, como fiscales de las necesidades de quienes lo han perdido todo o casi todo y sólo les queda la dignidad que, ahora, quieren arrebatarles.
¿Cómo van a tratar estos servicios sociales los casos, demasiados, en los que los ciudadanos hacen esas colas para conseguir comida, porque el poco dinero que consiguen tienen que emplearlo en pagar la maldita hipoteca, para no perder la casa y lo que en ella tienen? ¿Van a contabilizar ese piso sin calefacción y con la luz y el agua justas como riqueza? Siempre les quedará eso de decir que han vivido por encima de sus posibilidades y merecen un castigo.
El ministro se escuda en directrices de la Unión Europea, la misma que está detrás de las decisiones que han dejado a todos estos ciudadanos en la cola en la que están. Puro cinismo, porque no se dan la misma prisa en tomar otras decisiones que nos acerquen al prometido y frustrado bienestar europeo, Sólo quieren limpiar las calles de tan bochornoso espectáculo que negaron y combatieron con toda su maquinaria mediática, cuando apareció en las páginas del New York Times. Piensan que la gente que hace cola durante horas, al frío y al sol, exponiendo su necesidad a los ojos de todos, lo hace por gusto, por vaguería o comodidad. Se ve que tiene claro que nunca se verá así.
Por eso, ahora quieren barrerles de la calle y fumigar su propia conciencia quitándolos de donde ya son demasiado visibles. Por eso se les ha ocurrido la brillante idea de certificar las necesidades de toda esa gente, de censar a los pobres y de darles un carné de pobres.


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