Cara dura, por Javier Astasio


Muy mal le deben ir las cosas, electoralmente hablando, al Partido Popular en Madrid, para que, sin previo aviso, el sucesor de Esperanza Aguirre, Ignacio González, se haya lanzado a anunciar un frenético carrusel de contramedidas en el campo de la sanidad y el transporte público que no hacen sino corregir los desastres creados por el austericidio generalizado puesto en práctica en estos últimos años de gobierno de su partida. Muy mal deben ir las cosas, porque nada debería haber más humillante que tener que desdecirse en todo aquello de lo que han hecho bandera hasta hace, como quien dice, dos días. 
Me enteré, nada más regresar de una Barcelona tan bonita, tan limpia y tan efervescente de turistas como siempre, turistas de esos que llegan a diario de lejos y gastan su dinero en muchos de sus barrios y no de ese turismo de excursión de fin de semana que, por desgracia, es el que llega a Madrid. Y no me extraña que así sea, porque el turista que llega a Madrid corre el peligro de que en el metro, ese que en los carteles volaba, tiene averías cada dos por tres por falta de mantenimiento, se hace esperar minutos y minutos, porque sus gestores descubrieron que los viajeros podían apretarse un poco más en vagones y andenes, a veces, en las viejas estaciones, con peligro de caer a las vías. También se arriesgan, ahora que debería llegar el calor, a verse encerrados en vagones herméticos, preparados sólo para funcionar con aire acondicionado, aire que, las más de las veces, está averiado, o en túneles sin ventilación. Y, claro, lo que los pasivos ciudadanos de Madrid, que lo son más de lo que piensan, no saben es que hay quienes no están dispuestos a penar por túneles, vagones y escaleras, como  ellos hacen a diario, pagando uno de los billetes más caros del mundo.
Quizá por eso, con la mayor de las cara duras y atribuyéndolo a un aumento de la demanda de viajeros, cuando han sido sus recortes los que los han expulsado, anuncia a bombo y platillo que van a invertir más en mantenimiento, van a abrir vestíbulos que mantenían cerrados como medida de ahorro y van a aumentar la frecuencia de los trenes, quizá para que aventurarse a usar el Metro no sea arriesgarse a llegar tarde a una cita o, lo que es peor, al trabajo.
Eso, por lo que hace al depauperado metropolitano de Madrid, que, después de haber sido durante décadas, el caballo de batalla del PP para ganar elecciones, se ha vuelto una rémora mal gestionada y peor planificada con la que han pretendido cortar por lo sano. En cuanto a la sanidad madrileña, la gatera en la que, por desconocimiento de la realidad y un mal cálculo de lo que creían que sería un magnífico negocio para los amiguetes, el PP madrileño se ha dejado tantos pelos y consejeros, también ha habido un cambio de rumbo notable.
Tal y como anunció González, su gobierno está dispuesto a dignificar la situación laboral de médicos y sanitarios, contratados ahora a veces por días o semanas y casi siempre por meses, como si de empleados de una cadena de hamburgueserías se tratase, dicen que para que médicos y enfermeros se identifiquen más con su labor, como si no lo estuviesen ya de sobra. Dice también que pretende incentivar su trabajo por las tardes y en fines de semana para optimizar las instalaciones hospitalarias y lo dice después de comprobar que los madrileños, a la hora de someterse a intervenciones quirúrgicas, confían más en la sanidad pública que en esas clínicas privadas a las que, desde un despacho, tratan de derivarles a la primera de cambio y prefieren ser operados por sus médicos y en sus hospitales, antes que arriesgarse a caer en vete tú a saber qué "sanatorio".
Está claro que en este caso, el de la Sanidad, los populares aún no se han recuperado del KO y tratan por todos los medios de que, a la hora de votar, nos olvidemos lo que pretendían hacer con la mejor de las joyas de nuestro patrimonio. Pretenden hacerlo, convenciendo a todas esas almas simples dispuestas a dejarse vender una bata-manta, un cojín milagroso o una sonrisa de político con tal de que salgan en la tele.
Y nuestra obligación es tratar de impedirlo, explicándoles en el metro o en las consultas de los centros de salud y hospitales que, de nuevo, tratan de engañarnos, que lo que tratan de "vendernos" como logro de su gestión no es más que una vuelta atrás a lo que nos habían quitado.
¡Qué cara más dura! Lo suyo es como meternos la cabeza bajo el agua y después de mantenerla ahí unos minutos angustiosos, dejarnos salir a respirar y pretender, además, que se lo agradezcamos. 


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