Camino a Ferguson, por Javier Astasio


Después de los años en que hemos vivido la utopía del estado de bienestar, una utopía forzada por la existencia del bloque del Este, el falso paraíso socialista tras el telón de acero, los que se esconden tras la máscara del gran capital, el mismo de siempre, sin alma y sin prejuicios, se ha sentido con fuerza para devolver a los pobres a su pobreza y para recuperar ellos los privilegios de siempre. Se sienten fuertes y no piensan parar hasta volver a aquel paisaje de cazadores y monteros de fin de semana y pacos, régulas y azarías condenados a servirles y a humillarse ante sus caprichos.
Y, para conseguirlo, lo primero que están desmontando es la escalera social que ha sido la enseñanza, la que permitía a los hijos de los aparceros llegar a la universidad y volver al pueblo de ingenieros o abogados y no tener que partir de chachas o aprendices cuando el hambre apretaba en el terruño. Y no sólo eso. También se han encargado de dinamitar el futuro de quienes aspiraban a una existencia más o menos plácida, con una casa, un coche, una merecida jubilación y un trabajo para los hijos.
La ambición de quienes no faltan a misa los domingos nos ha llevado a un país en el que los salarios, si es que los hay, siguen bajando, mientras los beneficios de las grandes empresas, las que sientan en sus consejos de administración los culos agradecidos de los descendientes de saqueadores, piratas y contrabandistas y los no menos afines de quienes se cobran en ese asiento los favores hechos desde la administración, se han disparado obscenamente.
En todo es igual y, no lo dudéis, somos culpables. Lo primero que les regalamos fue el salón de casa desde el que, a través de la televisión siempre encendida adormecieron nuestra conciencia hasta el punto de darles el poder absoluto para empobrecernos absolutamente. También desde esas pantallas nos convencieron de lo que teníamos que consumir y de donde había que hacerlo. Ensombrecieron así nuestros barrios, dejando caer ese comercio que reportaba vida los salarios y, cuando hizo falta, el crédito preciso para llegar a fin de mes.
Luego llegó el deterioro de lo que merecemos porque lo pagamos con nuestros impuestos, las calles rotas, sucias y abandonadas, los transportes cada vez más escasos y peor atendidos, la inseguridad que, como todo, va por barrios, y la desesperanza. Los mendigos, las más de las veces explotados por redes que los distribuyen a las puertas de comercios y mercados, las cada vez más desoladoras colas del paro, las de los roperos y comedores sociales, los ancianos y no tan ancianos, vestidos aún con la ropa de cuando se lo ganaban rebuscando en los contenedores, los jóvenes y no tan jóvenes que cada mañana intentan colarse en el metro... en fin todo eso que hace unos años nos parecía tan lejano e imposible y que ahora nos es tan cercano.
A quienes vivimos otra crisis la de los ochenta, con la heroína corriendo por las calles, la de los tirones y los atracos, nos extraña que aún  no haya habido un estallido social. Quizá sea así porque las víctimas de la de ahora, especialmente los jóvenes, conservan aún la esperanza de que todo pase y de que algún día se reconozca su esfuerzo preparándose o porque, gracias a esa preparación, tienen la oportunidad o las fuerzas para marcharse. Pero esto, así, no puede durar siempre. Hace tiempo que la olla está en el fuego y pronto va a romper a hervir y quién sabe si estallará.
Mientras, los responsables creen tenerlo todo resuelto desde sus lujosos chalés bien dotados de alarmas en urbanizaciones vigiladas y fortificadas, con sus negocios vigilados por un paria que, salvo que se tenga por "hombre de acción, es poco más que un uniforme y sus calles -he dicho sus, no muestras- calles vigiladas por una policía que pagamos todos, pero que casi siempre les sirve a ellos. Creen tenerlo todo controlado y quizá así sea. Quizá este estado de cosas, esta injusticia que crece hasta ahogarnos sea capaz de contener la indignación dormida de tanta gente, pero llegará un día en que alguien se excederá más de la cuenta, un  día en que alguien disparará contra un desesperado de aquí y nuestra tolerancia para la injusticia, entrenada frente a las imágenes de las vallas de Ceuta o de Melilla, saltará por los aires como hace dos noches estalló la de los negros en Ferguson.
Y es que esa ciudad, Ferguson, no está tan lejos, Basta con aumentar la presión hasta que la olla reviente. De momento, aquí, Podemos y las esperanzas puestas en esa alternativa están sirviendo de válvula de seguridad de la olla, pero ojo con frustrar esa esperanza, porque acabaremos siendo, como Ferguson, una ciudad en llamas.


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