Caballitos de carrusel, por Javier Astasio

 
 
Nunca me han gustado los niños sin infancia y, por ello, nunca me han gustado toso esas actividades, entre ellas más de un deporte, en las que los niños se convierten en objeto de sublimación de las frustraciones y ambiciones paternas. Los niños deben ser niños y, mientras lo sean, deben ser felices o, cuando menos, no deben ser infelices.
Pequeños gimnastas, tenistas, nadadores, bailarines, músicos e incluso futbolistas son, en la mayoría de los casos, niños frustrados, sin apenas tiempo para jugar, que se relacionan con otros niños como ellos y que tienen, en el mejor de los casos, en su entrenador o su maestro, el redentor que, con un "no vale para esto", les pone a salvo de esa pasión mal entendida de los padres.
Pero, las más de las veces, cuando un niño en el campo, la clase, la piscina o el gimnasio es una fuente de ingresos, los niños están perdidos, sometidos a la tortura de hacer aquello para lo que no valen o no les gusta. Mucho esfuerzo, poca evasión y mucha presión sobre cabecitas que lo que necesitan es evasión y cariño.
Por cada Billy Elliot que tiene un sueño y lo alcanza, hay millares de "pianistas" que, al igual que la protagonista de la novela Elfriede Jelinek, después de haberse desfondado en una carrera imposible, frustradas y sin vida propia, se ven atrapadas en la espiral de alimentar los sueños de otras niñas y otros padres, a sabiendas de que acabarían como ella.
Pero no sólo hay historias, terribles historias, en la ficción. No hace mucho que la "novia" del tenis español, Arantxa Sánchez Vicario, ha contado en un libro el calvario que fueron su infancia y su juventud, en manos de unos padres ambiciosos y opresores que, por quitarle, le quitaron no sólo la propia vida, sino casi todo lo que ganó a raquetazos, durante años, en las pistas de medio mundo.
Quién no ha oído hablar de la dureza de los entrenadores de las gimnastas de los países del este. Quién no ha visto esos cuerpos deformados, esos cuerpos, casi bonsáis, sacrificados en aras de una medalla que se da una vez cada cuatro años y que casi nunca se alcanza.
En las últimas semanas, tras el regreso triunfal de los Juegos Olímpicos de Londres, se destapó la caja de los truenos en el equipo de natación sincronizada y comenzó a extenderse el runrún de que algo oscuro, muy oscuro, pasaba en la federación, cuando los focos y las fanfarrias del triunfo se apagaban,
Una de las integrantes del equipo fue la primera en soltarse la lengua. Y debía tener razón, cuando se produjo el cese fulminante de la seleccionadora. Ayer una cadena de televisión, la Sexta, reveló una carta firmada por la práctica totalidad del triunfante y aparentemente feliz equipo olímpico, en la que se denunciaban todo tipo de abusos y vejaciones por parte de una entrenadora, cuya conducta parece más propia de un campo de concentración que de una actividad deportiva.
Sé que decirlo ahora puede parecer nadar a favor de la corriente, pero os aseguro que siempre he visto a esas chicas de sonrisa forzada y gestos forzados como los caballos de un carrusel, entrenados desde potrillos y condicionados en cada uno de sus gestos al premio de la zanahoria o el castigo del látigo. Sólo cuando se consigue que cada uno de los integrantes del carrusel deje de pensar por sí mismo y se resigne a ser una pieza más del engranaje, la cosa funciona.
Siempre he tenido la fantasía de que los hermosas caballos de los carruseles, cuando ya no sirven, acaban convertidos en caballitos de tiovivo, atravesados por una barra y condenados a girar una y otra vez, subiendo y bajando, al son de una música monótona, girando y girando sin llegar nunca a ninguna parte.
Cuando era pequeña me preguntaban a menudo -a los padres siempre nos preguntan esas cosas- qué quería que fuese cuando dejase de ser una niña. Se referían, claro, a la profesión que elegiría para ella. Y yo siempre contestaba lo mismo "·quiero que de mayor sea feliz".
Espero haberlo logrado.



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