Buenos deseos, buena suerte, buena voluntad, por Gabriel Merino

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Se acercan fechas de buenos deseos. Tradicional es que por navidad se envíen tarjetones llenos de luminosos deseos, se compre lotería esperando que nos cambie la suerte a mejor y se repita ese salmo de paz a los hombres –y mujeres, supongo- de buena voluntad.  Lo cual hoy, ya, sigue siendo muy hermoso pero es insuficiente.

 

Los buenos –que seguramente son, somos, la mayoría- lo son, pero no les puede bastar con serlo. Y es que –se ve abiertamente- los malos obran, maniobran, hacen, manejan de forma continua. Para ejecutar sus maldades no desean sino que, desde siempre, dan continuamente pasos claros, firmes, ejecutivos. No podemos seguir pensando que la habitación se nos va a colocar por arte de magia como la de los niños de la nursery de Mary Poppins  sólo deseándolo mucho, poniendo buena voluntad o chasqueando los dedos, sino arrimando el hombro. No es que esté en contra de la filosofía buenista de la navidad pero, para esto, creo que me fio más de lo que nos enseñaban en los scouts: “hacer cada día una buena acción”. La acción es, hoy más que nunca, mucho más justa y necesaria que rogar a los dioses –que… ¡bueno: puede estar muy bien!- o que esperar que te caiga el gordo de navidad. Incluso hoy el mismo papa duda de la procedencia e intenciones de los reyes magos.

 

Perversamente, los malos argumentan que lo malo es quejarse, denunciar, salir a la calle a poner negro sobre blanco los desmanes o pelear contra la injusticia, por muy económica o políticamente legal que sea. Y tratan de desarmar a los buenos y de desactivar su razón convirtiéndola en desaliento cargado únicamente de buenos deseos. No me refiero sólo a la acción y reacción personal y diaria contra el injusto sistema político o económico, sino al devenir de las cosas diarias, familiares, laborales, de consumo. No esta bien, naturalmente, hacer sinpas con el carro de la compra ni okupar pisos vacios, pero peor está defraudar, dilapidar, engañar, poner letra pequeña illegible, esperar callado a que prescriba la posibilidad de castigo a tu mala acción o endosar preferentes de palo sin que el otro se de cuenta.

 

Como individuos, debemos ser conscientes de nuestras necesidades, nuestros gastos, nuestras posibilidades. Naturalmente no se debe vivir por encima de ellas, pero no se puede tampoco renunciar a ellas. La acción y, más particularmente, la reacción, es tan humana como las necesidades fisiológicas vitales. Es verdad que hay que saber dónde vives , pero tratar de vivir una vida en desacuerdo con tus circunstancias diarias no sólo no es ilegal sino que a veces se hace necesario. Y para ello quizá debemos pensar, además de cuánto gasto nos podemos permitir en las fiestas, racionalizar el consumo y tratar de favorecer la lógica –que hay que calibrarlo, por supuesto, para que no se nos vayan las cuentas-, reaccionar a favor de las cosas como deben ser.

 

Así que, de cara a 2013, deseo paz a los hombres y mujeres de buena voluntad. Pero también capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo y elegir. Con acción, con reacción, sin miedo.

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