Brotes de algo, por Gabriel Merino

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Desde que comencé con el blog, todas las primaveras tengo un artículo de inflexión. Como empecé en verano de 2009, fue en 2010 que escribí “¿Es primavera o me estalla el tarro?” -Bárcenas, la menor asesina de Seseña, Matas, la guerra del Cabanyal, Aguirre destapando la Gürtel, la Pantoja y Franrrivera reconciliándose- y en 2011 “Y en primavera, a otros, les da por escribir poesía”. Debe ser que las eclosiones equinocciales no sólo pone, como este año,  locuaces a los redactores de homiliías, expropiadoras de empresas de suministro a las presidentas australes y cazadores de mala pata a los monarcas y a sus nietos, sino que hace que algunas cosas -no solo la meteorología- empiecen a darse a la vuelta o, al menos a salir del letargo invernal.

Reinas a la carrera, socios de pufo de duque deslenguados, ministros que entienden la educación como un servicio o un suministro, otros ministros que para defender lo privado más que lo que hayan defendido nunca lo público amenazan con medidas casi-de-guerra que no concretan –creo que van a ser contra el aceite de soja-, militantes políticos que dicen al gobierno de su partido que hay que decir ya de una vez lo que se piensa, obispos que acusan a los gays de adoctrinar a la infancia, portadistas de prensa nacional que iban de proféticos y que han pegado un resbalón que ríase usted de las pieles de plátano de Charlot… Pero hay alguien que permanece impasible, ajeno, callado, por encima de la circunstancia.

Escondido, como siempre. Sabe –así medró hasta donde está- que el que no dice nada no se equivoca. Como un dontancredo. Parece que para éste la primavera ni brotes, ni verdes, ni nada.

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